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sábado, 17 de octubre de 2020

TENGO RECUERDOS GRATIS-2

 

jueves, 4 de noviembre de 2010

ESO DE SER OBISPO... ¿DE QUÉ VA?

Gabi y Sito son sobrinos míos, viven en Madrid. Gabi es una chica muy mona y tiene pasión por el estudio (ha estudiado Hotelería, seguirá Marketing; en la foto, con la perra Olivia, de mi hermana Marga), aunque no sé si su pasión puede igualarse con la que siente Sito (Tomás, Tomasito = Sito) por la música. Sito es el fundador-compositor-director de un conjunto que se llama MyAlterEgo . (En la foto, Sito tragándose el micrófono).
El caso es que, cuando supieron que iban a tener un tío obispo, los dos me escribieron unos preciosos mensajes de felicitación. Sito, alegrándose conmigo por el nombramiento, me dijo con mucha sinceridad que no tenía mucha idea "de qué iba eso" de ser obispo... De ahí estas líneas.

Muy queridos Gabi y Sito: anteayer estuve otra vez en Minas, mi lugar de residencia habitual después del 28 de noviembre, cuando seré ordenado obispo. Cuando estaba llegando a la ciudad y empecé a ver las sierras y las combinaciones de verde de los árboles y el contraste con el azul celeste del cielo y... ¡bueno!: tienen que prometerme que un día vendrán a conocer los paisajes más encantadores del Uruguay. Esta primera idea es importante.

Pero hoy ustedes quieren saber qué haré yo como obispo o, mejor dicho, qué es lo que se espera que haga un obispo. Lo que se espera es parecido a lo que hace Sito con su orquesta. No me olvido del ensayo de MyAlterEgo, cuando estuve en enero pasado. ¡Cómo sonaba!... Sito estaba en su salsa por completo: corrigiendo el ritmo de la batería, animando al guitarra y al bajo, repitiendo la canción una y otra vez... Lo que a mí me corresponderá hacer, como obispo, es aunar los distintos instrumentos, de tal manera que la música salga... ¡como debe salir!: afinada, fiel a la partitura de su compositor.

Una vez, hace años, leé que en Inglaterra le habían dado a Paul Mc Cartney un premio importante, porque "Yesterday" es la canción más interpretada de la historia: de ella se han hecho algo así como 3.700 versiones... Es la misma música, pero la han interpretado desde Plácido Domingo hasta... ¿MyAlterEgo?

Bueno, en la Iglesia Católica, el Papa y los obispos (es el Papa quien nos elige) tenemos que estar vigilantes (obispo viene de "episkopo", en griego, que quiere decir eso, "vigilante"), para que, a lo largo de los siglos, la presencia de Jesús se mantenga viva y su mensaje sea siempre el mismo que Él nos dejó como la herencia más preciosa. Ustedes conocen a algunos sacerdotes de distintas Órdenes religiosas, a monjas y a algún monje... y, sobre todo, tienen cantidad de amigas y amigos que se toman en serio su fe, a otros que no tanto, a otros que quisieran conocer a Jesús pero nadie se los enseña... La misión del obispo es ayudar a todos a estar muy cerca de Él, dándolo a conocer y animando, a quienes ya lo conocen, a que difundan por todas partes el Evangelio, con su ejemplo de cristianos y con su palabra. ¡Todos la misma melodía, como "Yesterday", pero con gran variedad de acentos! No me dirán que no es apasionante...

Pero... hay un PERO: los colaboradores inmediatos del obispo son los sacerdotes: sin ellos, ¿qué va a hacer? Y resulta que, en Minas especialmente, son MUY POCOS. Por eso les tengo que pedir como el favor más grande: recen para que muchos muchachos se decidan a ser generosos con Dios y encuentren -¡Dios se la dará si se lo pedimos!- la vocación sacerdotal, que es la más grande que hay. Yo, ¿qué quieren que les diga? Hace 37 años que soy cura... ¡y no me cambio por nadie!

Por hoy es bastante. Algo les he dicho; lo suficiente, Gabi y Sito, para que a sus amigos puedan decirles: - ¿Sabéis que tengo un tío obispo? (¡Esto farda mucho!, ¿verdad?) Y te dirán: - ¡Ahí va! ¿Y qué hace ese tio? Y ustedes podrán responder: - Pues..., ¡dirige una orquesta!

Con todo cariño, un abrazo enorme,

Jaime


viernes, 16 de octubre de 2020

TENGO RECUERDOS GRATIS-1

 

martes, 19 de octubre de 2010

COMO UNA CATARATA



Estoy abrumado; abrumado y muy contento. El sábado 16 celebré Misa en la Catedral de Salto, a las 7.30 de la mañana, como he hecho habitualmente durante mis sábados salteños. Después de rezar Laudes, no dejé pasar la ocasión de pedir que rezaran por el nuevo obispo de Minas...
Al terminar la Misa y hasta la noche –no exagero-, durante el viaje en auto a Paysandú y en ómnibus hasta Montevideo, recibí una catarata de SMS y llamadas por el celular. El domingo continuó el concierto electrónico, hasta que me embarqué en Colonia rumbo a Buenos Aires, donde estoy ahora abrumado por tanto cariño que agradezco muy de veras, y sin conexión de celular. Me han felicitado cantidad de amigos, sacerdotes muchos de ellos, y también feligreses de Minas que aún no conozco. Les he pedido a todos que recen por mí y lo reitero ahora.
El sábado y el domingo se leyó en las parroquias y capillas de la diócesis esta carta, que quiero compartir también con ustedes.




Muy queridos fieles de la Iglesia que vive en la diócesis de Minas:

Hoy se ha hecho público que el Santo Padre, Benedicto XVI, me ha encomendado ser Pastor de esa preciosa porción de la Iglesia Católica. Desde que lo supe empecé a encomendarme y a encomendarlos a todos a la Santísima Virgen, la Inmaculada del Verdún. ¿En qué mejores manos podremos estar que en las de nuestra Madre?

Por una coincidencia no buscada, el anuncio de mi nombramiento se ha hecho cuando se cumple un nuevo aniversario de aquel inolvidable 16 de octubre de 1978, en que fue elegido el gran papa Juan Pablo II. Recuerdo, haciéndolas muy mías, sus primeras palabras: dijo que había sentido miedo al recibir la designación, pero que la había aceptado “con espíritu de obediencia a Nuestro Señor Jesucristo y con confianza plena en su Madre María Santísima”. Minas está amparada por el manto celeste de Nuestra Señora y yo también quiero cobijarme en él.

Espero ir muy pronto a conocerlos y escucharlos. El 19 de abril pasado fue la última vez que estuve en la diócesis, celebrando en el Verdún el 50º aniversario de su creación y la erección del Santuario. Entonces no podía pensar que seis meses más tarde estaría escribiendo esta carta. Los caminos de Dios no son, sin duda, nuestros caminos.
Quisiera agradecerle especialmente a Monseñor Rodolfo Wirz, con quien compartimos una amistad que se remonta a nuestros estudios liceales, la abnegación con que, durante este tiempo de sede vacante, ha desempeñado el cargo de Administrador Apostólico de la diócesis: que el Señor premie su esfuerzo con muchas bendiciones.
En esta semana que comienza estaré en Argentina haciendo un retiro, como preparación para la ordenación episcopal. Les ruego que recen por mí. De modo especial lo pido a cada uno de mis hermanos sacerdotes, con quienes me siento íntimamente unido.
A los enfermos, en primer lugar, y a todos, les envío una bendición llena de afecto en el Señor,

Jaime Fuentes
Obispo electo de Minas

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Hoy se cumplen 10 años desde que el Papa Benedicto XVI me nombró Obispo de Minas. Y, nostálgico que es uno, fui a buscar en este blog el año 2010. Para mi sorpresa (pasa el tiempo, las neuronas se gastan...) encontré varios posts en los que dejé testimonio de lo sucedido. A la vuelta de una década, pienso que tiene interés desempolvar esos recuerdos y ofrecerlos...   

16 de octubre de 2010

DIBUJAR UN CORDERO... Y ALGO MÁS

Hoy ya es público que el Papa Benedicto XVI me ha nombrado obispo de la diócesis de Minas. El martes pasado me lo comunicó el Señor Nuncio Apostólico y le respondí que sí, que aceptaba. Entonces se renovó en mi interior la impresión de Saint-Exupèry: cuenta que, mientras trataba de arreglar su avión en el desierto, se le apareció un Principito pidiéndole que le dibujara un cordero… Comenta el escritor: “Cuando el misterio es demasiado impresionante, no es posible desobedecer”.
Desde ese día recomencé la lectura del libro de Juan Pablo II ¡Levantaos! ¡Vamos!, que el gran Papa le regaló a la Iglesia pocos meses antes de irse al Cielo. La actitud interior con que lo estoy leyendo ahora es muy distinta de la primera vez, cuando apenas fue publicado. Entonces sentía el interés natural por conocer este libro del Santo Padre, para conocer sus experiencias como obispo desde que fuera nombrado cuando tenía solamente 38 años.

En esta segunda lectura me sorprendo a mí mismo identificado con el sentimiento de Karol Wotyla, cuando supo que había sido nombrado Obispo auxiliar de Cracovia. Cuenta que, después de conocer la noticia, tomó el tren de regreso… “Llevaba conmigo el libro de Hemingway 'El viejo y el mar'. Leí durante casi toda la noche y solo conseguí adormecerme un rato. Me sentía más bien raro...”. Un poco más adelante vuelve a aparecer esa “rareza”: lo felicitan por el nombramiento y él dice: “Sonreí y me alejé, dirigiéndome al grupo de los amigos, donde tomé mi canoa; pero cuando me puse a remar, me sentí de nuevo un poco extraño”.
Exactamente así estoy yo ahora, y no es para menos: que te llamen para ser -¡ay, Señor!- sucesor de los Apóstoles, es excesivamente grande. Lo explica Juan Pablo II en su libro: “Precisamente durante aquellos días había oído estas palabras (“sucesor de los Apóstoles”) de boca de un físico conocido mío (…) Yo, un sucesor, pensaba con gran humildad en los Apóstoles de Cristo y en aquella larga e ininterrumpida cadena de obispos que, mediante la imposición de las manos, habían transmitido a sus sucesores la participación en la misión apostólica. Ahora tenían que transmitírmela también a mí. (…) ¡Admirable don y misterio!”.
Hoy no puedo decir más. Lo que me ha caído encima es bastante más complicado que dibujar un cordero: tengo que ser, de veras, un Buen Pastor.
El domingo me iré de retiro a Argentina: creo que es lo más “práctico” que puedo hacer. Por favor, acompáñenme rezando por mí y por la diócesis de Minas: ¡gracias, que Dios los bendiga!

viernes, 21 de agosto de 2020

PANDEMIA, NOSTALGIA Y PANDEMONIO

    

Pandemia -¡que fea palabra!- viene de pan (todos) y dem (pueblo), y nosema (enfermedad). Pandemonio es palabra mucho más fea todavía: demonio viene de deimonion y ya se imaginan: todos los diablos juntos… Bueno, esta pandemia se está convirtiendo en pandemonio: “lugar de mucho ruido y confusión”(RAE).   El “lugar” son todas las latitudes y longitudes del mundo: que si la vacuna rusa, china y USA; que el mejor remedio para el bicho es la hidroxicloroquina; ¡NO!, el Redemsivir; ¡NO!, las cabezas de ajo en jugo de limón…

Y el número de contagiados y de muertos, discriminados según su número y según quién los cuenta, que esto también importa. Y si la mascarilla y los tapabocas (porque no son lo mismo, dicen) aunque también los hay que ni una ni otro, porque ninguno de los dos sirve para nada... Y los protocolos para cuanto se te ocurra hacer, y los pronósticos, que se contradicen hoy, ayer y mañana. 

Pero entonces, menos festejada que nunca y por eso más deseada, aquí está, insobornable, “¡La Noche de la Nostalgia!”. Sin duda, mucho antes que la música de los Beatles y los Bee Gees, y todos los etcéteras musicales,  sentimos nostalgia de besos y abrazos; de apretones de manos y de caricias; de hablar de cerca y viéndonos las caras; hay nostalgia de hacer visitas y de recibir visitas; de reuniones de amigos; de fiestas de casamiento y de despedidas; de velorios y entierros en serio, por así decir; de partidos de todos los deportes y de hinchas que gritan y se abrazan; y… ¿para qué seguir?

En este pandemonio universal, una niña de no más de diez años, sin barbijo y con delicioso desparpajo, se acerca al sacerdote en la calle (lo reconoce por el cuellito) y le pregunta: - ¿Tú sos Padre? – Así es. - ¿Qué vas a hacer en la noche de la nostalgia? – La verdad es que no tengo nada pensado… Y ella, sin darle tiempo a ensayar algo: - ¿Sabés que voy a hacer yo?... Voy a acompañar a mi abuela. – Ah, ¡qué bien! – Ella me invitó. ¿Y sabés para qué? (se le iluminan los ojos): ¡Para rezar juntas el Rosario! ¡Chau, me voy!

Entonces, en un instante, se hace la luz: ¡al diablo con el pandemonio! Los niños enseñan, el sacerdote aprende…  ¿De qué puede tener nostalgia una criatura de diez años?...  No sabe ni qué significa la palabra. Pero la invitación de la abuela a rezar con ella, le sabe a gloria: desde siempre y hasta siempre, también en “la nueva normalidad”, la nostalgia de Dios sólo Dios la llena. 

 

lunes, 10 de agosto de 2020

¡ESPERANZA, COMPAÑEROS!

      Estoy cansado, la verdad sea dicha. Primero fue para legalizar el aborto; ahora, para legalizar la eutanasia y el suicidio. Decían y dicen: “usted no puede imponer a nadie sus creencias religiosas”. Estoy cansado de explicar que no se trata de “imponer” sino de “proponer”, porque en una sociedad democrática la “creencia religiosa” tiene tanto derecho a ser propuesta, como toda la gama de ideologías que están detrás de no pocas argumentaciones. Insisten: “sus compromisos religiosos le impiden ser objetivo”… Y yo digo que cada uno hace sus objetivas elecciones y trata de ir viviendo: con Dios o con el diablo.

     Vayamos al núcleo de la cuestión. Es obvio que, detrás del empeño para que se dé a los médicos licencia para matar, lo que hay es un completo ateísmo, es decir, la convicción de que Dios no existe. En consecuencia, la vida es mía y solo mía, y puedo decidir terminar con ella cuando tenga “insoportables dolores”… o en cualquier momento, ¿por qué no? Naturalmente, si Dios no existe no hay nada que esperar después de la muerte, ni premio ni castigo: desaparecemos y… “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”.

    Concebir mi vida sin Dios y sin esperanza, me provoca una auténtica angustia, qué quieren que les diga. Pero la angustia se convierte en desolación, si imagino que la mayoría de mis compatriotas son ateos, es decir, que viven convencidos de que Dios no existe. ¿Será así? No, no me lo creo; la experiencia me dice otra cosa.

   Sería desolador en lo personal y en lo colectivo. Un personaje de Los Hermanos Karamazov aseguraba con razón: “Si Dios no existe, todo está permitido”. El suicidio porque tengo fuertes dolores; o porque me aburrí de vivir, ¿qué más da?

      Mi fe religiosa, en cambio… Mi fe religiosa, aquello en lo que yo creo (not to think but to believe), que llena de luz mi vida y me señala por dónde tengo que caminar para llegar al cielo, me dice algo tan hermoso como esto: Este mundo es el camino para el otro /que es morada sin pesar/ mas cumple tener buen tino/ para andar esta jornada sin errar…


      Me preguntan: - ¿Y por qué usted cree en lo que cree? – Porque lo aprendí de chico, lo estudié de adolescente, lo profundicé de joven y en la madurez; y ahora, que soy viejo, cada día admiro y amo más: porque lo que mi fe me propone es ¡divino!, literalmente y sin ninguna duda.

      Siguen preguntándome: - ¿Y por qué dice que no a la eutanasia? – Porque me sé portador de un principio de vida espiritual, que se llama alma, que no lo recibí de mis padres sino de Dios. Es espiritual, no se ve, pero gracias a ella es que puedo crear, imaginar, soñar más allá del espacio y del tiempo, más allá de mi misma vida…

       Continúan preguntando: - ¿Para usted qué es el hombre, qué dice su fe? – ¡Para mí, para mí!… ¿A quién le importará mi “para mí” en estos asuntos? Como si se tratara de opinar sobre un celular o sobre un futbolista… En fin, dejémoslo estar. Lo que dice mi fe se encuentra en el libro del Génesis: que el hombre fue creado por Dios “a su imagen” y “le insufló un aliento de vida”, ¡de su misma vida divina! En consecuencia: los padres de una criatura le dan a un hijo la vida física, pero es el mismo Dios quien crea para Él un alma que lo hace ser persona, único, irrepetible… (Una mamá me contó que, haciendo un poco de aspaviento, le había pedido a su hijo de seis años: - ¿No le vas a dar eso a tu madre, ¡a tu madre que te dio el ser!?”. Y su hijo: - ¿Qué es el ser? La madre, sorprendida: - ¿El ser?... Bueno, la vida… El hijo: - Vos no me diste el ser. - ¿Ah, no? ¿Quién te lo dio?... - ¡Dios!, ¿quién va a ser?). Sigamos.

     De manera que, desde hace desde hace no menos de treinta y pico de siglos, cuando se habría terminado de componer el Genésis, los hombres sabemos quiénes somos: “imagen de Dios”, del único Dios, el que creó este planeta Tierra y lo dio como regalo al hombre, por puro amor, para que lo disfrutara y lo cuidara, y al que insufló su aliento divino. Aliento que, obviamente, no está compuesto de partes y por lo tanto no puede corromperse. En suma: el hombre tiene un alma inmortal, que perdura más allá de la muerte del cuerpo. El ser humano está destinado, siendo imagen de Dios, a conocer y a amar al Creador que le da el ser y lo conserva en él. Me encanta esta guajira: “Cuando más tranquilo estaba/sin pensar en tu cariño/quiso Dios que te quisiera/ y te quise con delirio/. Y te seguiré queriendo/ hasta después de la muerte/ yo te quiero con el alma/ y el alma nunca se muere.  

      Hay mucho, muchísimo más para decir, pero pienso que lo dicho es suficiente para entender que no nos pertenecemos, que la vida es el mayor regalo que Dios le hace a una criatura y, porque de Dios procede, es la razón más alta de la dignidad humana. Es también suficiente para comprender que no somos los dueños, sino los administradores del asombroso tesoro que es la vida, la que yo tengo que administrar mientras viva. En este contexto, ¿es razonable dejar de lado la “creencia religiosa” al poner en juego, en un proyecto de ley, nada menos que el destino eterno de la persona?

     Me preguntan: - ¿Y qué pasa con los que no creen, con los que no tienen fe? Lo siento por ellos, ¡de verdad! Pero así como respeto su increencia, pido que respeten lo que creemos miles y miles de mujeres y hombres y que lo tengan en cuenta: así como los legisladores prestan atención al ateísmo, al agnosticismo y al indiferentismo, pido que atiendan a quienes creen en una religión, el cristianismo, sobre la que se edificó la civilización occidental, ¿es poco? ¿Acaso son más “objetivos” los que practican el no-Dios y no creen en el alma inmortal? ¿Cómo no sentir una des-almada discriminación?

 Me protestan: - ¡Pero usted no le resuelve el problema al que sufre dolores insoportables! Y pregunto: ¿lo resuelve el asesinato? La fe me empuja a poner todo de mi parte para aliviar los dolores de esa persona, pero quitarle la vida o quitármela, NO: es una gravísima ofensa a Dios. Por lo demás, hay modos y modos de sobrellevar esos dolores: con el auxilio de la fe es mucho más fácil, lo reconozco. Por eso, ¡qué importante es conocerla!

         Nos quedamos aquí, apenas en el umbral de lo que enseña la fe acerca de la vida y de la muerte, que a todos nos llegará. Ante ella uno puede ensayar lo de esta copla: Cada vez que yo me acuerdo / que me tengo que morir, / echo una mantita al suelo / y me harto de dormir”. No es recomendable. En cambio, ¿verdad que es inspirador el epitafio que lucirá en la tumba de un poeta católico? “Esperanza, compañeros./ Las almas viven, y encima /resucitarán los cuerpos”.

 

                                                                            + Jaime Fuentes

                                                                    Obispo emérito de Minas

                        

 

 

sábado, 25 de julio de 2020

CARTA ABIERTA A LOS SEÑORES LEGISLADORES

Señores legisladores:
                                  aliviar el sufrimiento de las personas que, padeciendo una enfermedad terminal, sufren dolores que pueden llegar a ser insoportables, es un deseo generalizado. Coincidiremos todos en la necesidad de buscar los modos de hacerlo, más y mejor; como sociedad tenemos un deber pendiente.

En esta línea quiere ir el Proyecto de ley eutanasia y suicidio asistido. Pero entiendo que le erra feo.

1)    ¿No es un completo sinsentido legalizarlos, en un país que tiene el mayor número de suicidios de América Latina y uno de los mayores del mundo?  

2)    Solamente en cinco países es legal la eutanasia: Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Canadá y Colombia; y solo en Suiza se permite el suicidio asistido. En Bélgica, después de su legalización había solo unos cientos de casos de eutanasia al año. Actualmente hay más de 2.300 casos oficialmente registrados y la tendencia va en aumento (Deutsche Welle, 26.II.20), como en Uruguay. ¿Queremos seguir por este camino, alentando a los suicidas en potencia? Las leyes influyen, para bien o para mal, en el conjunto del comportamiento social.

3)    Resulta macabro el mensaje que recibirán las nuevas generaciones, si los médicos reciben licencia para matar. En todo caso, ¿por qué sólo ellos?... El médico estudia para curar, no para matar.

4)    Dicen que, con la ley, se respetará la libertad individual de decidir cuándo acabar con la propia vida. Pero ¿no vivimos en sociedad y somos inter dependientes? Si alguien ve a una persona que intenta suicidarse, ¿no trata por todos los medios de disuadirlo? ¡Porque es humano, nomás! Con la ley que se propone, “¡por mí que se mate, si es legal!”… ¿Esta es la sociedad que queremos, individualista hasta el colmo?

5)    Se olvida que el fin no justifica los medios. La vida humana posee la mayor de las dignidades y, por lo tanto, reclama el mayor de los cuidados. Decidir cada uno por su cuenta cuándo matarse, ¿es un derecho humano?, ¿quién lo dijo, dónde está escrito?

En el tiempo pandémico que estamos viviendo, mientras nos cuidamos de un contagio mortal, el proyecto de ley de eutanasia y suicidio aparece por demás sombrío. Hoy, más que nunca, necesitamos en Uruguay un proyecto colectivo entusiasmante: nuestro mayor problema es la falta de población. Hungría, Rusia, Serbia, Alemania…, que también lo tienen, han hecho planes concretos para incentivar la natalidad y lo están consiguiendo; en nuestro cercano y silencioso Paraguay, que en el año 2000 tenía 5 millones y pico de habitantes, hoy son más de 7 millones y su PBI crecerá 4% en el 2021 (Banco Mundial). Y nosotros, ¿no podemos hacer nada?  

Señores legisladores: estudiar el problema y trabajar por un Uruguay mejor es lo que se espera de ustedes. Agradezco la atención prestada y me despido, atentamente,

                       Dr. Jaime Fuentes

               Obispo emérito de Minas



viernes, 29 de mayo de 2020

ENCUESTA SOBRE UN NUEVO DOGMA MARIANO



Estimados todos:
                            en 2021 tendrá lugar en Roma el 25º Congreso Mariológico Internacional y tengo el propósito de presentar una ponencia sobre este tema:

¿ES CONVENIENTE DEFINIR COMO VERDAD DE FE LA
MATERNIDAD ESPIRITUAL DE LA SANTÍSIMA VIRGEN?



Los motivos que me llevan a plantear esta posibilidad son los siguientes:

      1) La Iglesia del siglo XXI tiene una gran deuda de gratitud con la Santísima Virgen. Ella fue la que salvó de la muerte al Papa san Juan Pablo II en el atentado del 13 de mayo de 1981 y la que “abrió las puertas a Cristo” en los países dominados por el comunismo y que hoy gozan de libertad.

            2)  La Iglesia necesita especialmente el auxilio de María, para enfrentarse a la “cultura de la muerte” que promueve el aborto, la eutanasia, la sexualidad desenfrenada, la destrucción de la familia… y la idea misma de Dios.

3      3) En todo el mundo se verifica un creciente recurso a la intercesión de la Virgen. Es una manifestación del “sentido de la fe” del pueblo cristiano que, en momentos de graves dificultades, busca en Ella serenidad, cariño, esperanza… Esta certeza habla por sí misma de la fe en el poder de la intercesión materna de María delante de Dios. 

4         4)La maternidad espiritual de María abarca a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Ella fue proclamada por Jesús, cuando en la cruz le dijo: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Y a continuación: “aquí tienes a tu madre” (Jn 19, 26s). La maternidad es siempre personal: así como Jesucristo dio su vida por cada hombre y por cada mujer (“me amó y se entregó por mí”, Gal. 2, 20) así quiere a cada uno la Madre de Dios y Madre nuestra.

5        5) En este tiempo de miedo por la pandemia y de desesperanza por la ignorancia del amor que Dios nos tiene, es más fácil llegar a los corazones de mujeres y hombres por medio de “la índole de la Madre” (san Juan Pablo II). Proclamar la Maternidad espiritual de María como verdad revelada por Dios, certificará lo que la Iglesia enseña: “los dogmas son luces en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro (Catecismo Iglesia Católica, n. 89).

Por estas razones, les quedaré muy agradecido si pueden responder a la encuesta que encontrarán pinchando en este enlace:

Naturalmente, a cuantas más personas les llegue esta comunicación, con el fin de que también respondan a la encuesta, mejor. La dirección para comunicarse:


Muchas gracias por la colaboración. Reciban un saludo y una bendición, con todo afecto, desde el Corazón Inmaculado de María,

                                                                              + Mons. Jaime Fuentes
                                                                  Obispo emérito de Minas (Uruguay)
                  Miembro de la Pontificia Academia Mariana Internacional






sábado, 23 de mayo de 2020

COMO EN UN BAÑO DE LUZ


Cuantas veces paso por Tres Cruces y la veo allí, recortada sobre el cielo, blanca y elegante como una novia, la cruz que nos dejó san Juan Pablo II me habla desde más allá del tiempo… Ahora, cuando se cumplen cien años del nacimiento del Papa Magno, lo hace aún con mayor elocuencia.

La cruz me recuerda, enseguida, las palabras de Aquel a quien san Juan Pablo II debió representar durante más de veinticinco años: - “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”.

En estos tiempos raros que nos han tocado, a los ojos de muchas personas la cruz tiene nombre propio: se llama Covid-19 y, como bien sabemos, todo lo que se haga es poco para evitar que actúe. La sola posibilidad imaginaria de que “me toque”, es causa de inquietud…

Pensándolo mejor, sin embargo, si la condición que señaló el Maestro para seguirlo es llevar la cruz cada día, ¿no habrá que encontrarla en realidades menudas, ordinarias, antes que en un suceso extraordinario como el ataque del bicho?

Volvamos a la visita de Juan Pablo II al Uruguay. Aquel 31 de marzo de 1987, cuando llegó a Montevideo llovía a baldes, sin consideración. El presidente Sanguinetti lo recibió con impermeable, los paraguas eran puramente simbólicos para proteger al Papa del agua mientras pasaba revista, con mucha paz, a las tropas formadas en la pista del aeropuerto…

Al llegar a la Catedral, lo recuerdo muy bien, para encontrarse con sacerdotes y religiosos, su sotana blanca estaba arrugada por el agua. El papamóvil no había podido resistir la fuerza de la lluvia… Pero Juan Pablo II había recorrido la rambla saludando, mirando y bendiciendo con enorme cariño a la gente que, para verlo pasar, lo esperaba cantando bajo la lluvia… Un niño describió su experiencia en una carta: Querido Papa: tengo 10 años, soy uruguayo y vivo en Montevideo su capital. Yo te fui a ver cuando vinistes e incluso lo tengo grabado. No me voy a olvidar nunca cuando vinistes la primera vez yo era muy chico y estaba lloviendo. El Papamóvil se detuvo y tú me mirastes detenidamente porque era chico estaba debajo de la lluvia y me vendecistes. Testimonios como este, de un encuentro personal con el Papa en medio de la multitud, los hay en cantidad.

Una vez que terminó el acto en la Catedral, fue hasta el Palacio Taranco: a saludar, a saludar, a saludar y a pronunciar otro discurso… Y de ahí a la Nunciatura, sin apuro, como disfrutando el atardecer de una primavera… bajo agua. A la gente joven que lo esperaba en el portón de la casa, después de escucharlos un rato les aseguró: - Ahora vamos a dormir, que mañana hará buen tiempo. ¡Adiós!



A la mañana siguiente, cuando empezó la Misa en Tres Cruces, dejó de llover. Fue una celebración cuidada en todos los detalles. Y el Papa se sintió muy a gusto. Mientras pronunciaba la homilía, varias veces lo interrumpieron los gritos que pedían que volviera… Juan Pablo II bromeaba: - ¡Pero si todavía no me fui!...

Al terminar agradeció la “buena música” de la orquesta del SODRE y aseguró que iba a regresar al Uruguay. Después saludó uno a uno a los enfermos, colocados en la primera fila de los asistentes. Tenía todo el tiempo del mundo para entregarse a ellos.

Al mediodía salía el avión que lo llevaba a Chile. Apenas habían transcurrido poco más de doce horas desde su llegada, y ya estaba el Papa en el aeropuerto despidiéndose de las mismas autoridades que lo habían recibido la tarde anterior. Y dentro de tres horas estaría en Santiago, saludando de nuevo, sonriendo, escuchando…

La cruz que presidió la Misa es enorme y pesa mucho: es la cruz del Papa, la que debió llevar cada día durante más de un cuarto de siglo. Y lo hizo; por eso es un gran santo; precisamente porque supo unir su cruz a la Cruz.

En 1998 tuve la suerte de ir a Cuba, a informar sobre el viaje de Juan Pablo II a la isla. El último día, en un libro de José Martí, encontré por casualidad unos versos que son la explicación exacta de su vida: Cuando al peso de la Cruz/ el hombre morir resuelve/ sale a hacer el bien y vuelve/ como en un baño de luz.

Celebrando un siglo de su nacimiento, le pido a san Juan Pablo II, Magno, que me enseñe un poquito a llevar mi cruz - ¡qué pequeñez! -  como él cargó con la suya: con elegancia, con una sonrisa, con un renovado recomienzo cada día… Me parece que este el camino para mejorar el mundo.


sábado, 16 de mayo de 2020

EL MAGNO REGALO DEL PAPA JUAN PABLO


            



          Al celebrar los cien años del nacimiento de san Juan Pablo II Magno, deseo abrir el precioso cofre de su magisterio mariano para contemplar la que es, sin duda, su joya más valiosa: su enseñanza sobre la maternidad de la Santísima Virgen.

           A mi modo de ver, el gran pontífice dejó preparado para la Iglesia un magnífico regalo, que está a la espera de ser descubierto: no sólo para admirarlo, sino para alegrar con él la vida de la Iglesia, y de millones de hombres y mujeres que, quizás más que nunca en la historia, necesitan la ternura, el consuelo y la esperanza que sólo la Madre del cielo puede dar.

          En el año 1989 publiqué en Montevideo el librito TODO POR MEDIO DE MARÍA (Ediciones Aquileo). Cinco años más tarde, a medida que avanzaba en el estudio del creciente y profundo magisterio mariano del Papa, con el mismo título y subtitulado La confianza de Juan Pablo II en la Santísima Virgen (Ediciones LEA) nació un libro considerablemente ampliado. Fruto del estudio de los años posteriores, publiqué en Argentina una primera y una segunda edición del volumen, subtitulado Juan Pablo II y la mediación maternal de la Santísima Virgen (Ediciones Logos, 2010). En junio de 2015, finalmente, en Minas, sinteticé en un folleto de 36 páginas todo lo estudiado: María, Madre y Mediadora, esperanza de la Iglesia en la hora de la nueva evangelización.

          Ahora me propongo hacer una “síntesis de la síntesis”, por así decir, acerca de la enseñanza de san Juan Pablo II sobre la maternidad de la Santísima Virgen.  Para facilitar la lectura prescindo casi por completo del aparato crítico (notas y citas) que se encuentran en las publicaciones citadas.

Todo por medio de María

            Antes de comenzar un concierto sinfónico, el director de la orquesta llama la atención de los músicos golpeando suavemente la batuta sobre el atril. Todos lo miran: el director toma aire, levanta sus brazos y arranca, vibrante, el primer movimiento, cuya melodía animará el entero concierto.

Esto hizo Juan Pablo II, apenas ocho meses después de ser elegido como sucesor de Pedro. Tras haber consagrado la Iglesia a la Santísima Virgen en la basílica de Santa María la Mayor (8 de diciembre de 1978) y en el santuario de la Virgen de Guadalupe, en México (27 de enero de 1979), encontrándose por primera vez en su patria (4 de junio de 1979) y en el mejor de los escenarios -el santuario de Jasna Gora donde se venera a la Virgen de Czestokowa, Reina de Polonia-, junto con el episcopado polaco en pleno y ante un auditorio de millones de fieles, interpretó el primer movimiento, esencial, del concierto mariano que continuaría desplegando a lo largo de todo su pontificado.

En su homilía, el Pastor Supremo de la Iglesia hizo afirmaciones de extraordinario relieve. Recordando que en 1966 el episcopado polaco había realizado en ese mismo lugar un acto de consagración a la Madre de Dios, por la libertad de la Iglesia en el mundo y en Polonia, el nuevo sucesor de Pedro asumió como propio ese hecho, actualizándolo al tiempo que le tocaba vivir y al futuro de la Iglesia:

Es un grito que parte del corazón y de la voluntad; grito de todo el ser cristiano, de la persona y de la comunidad por el pleno derecho de anunciar el mensaje salvífico; grito que quiere hacerse universalmente eficaz, arraigándose en la época presente y en la futura. ¡Todo por medio de María! Y añadió: Esta es la interpretación auténtica de la presencia de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia, como proclama el capítulo VIII de la Constitución Lumen Gentium. Y concluyó: Esta interpretación se ajusta a la tradición de los santos como Bernardo de Claraval, Grignion de Montfort, Maximiliano Kolbe. 
  
Tiene una capital importancia esta declaración del Papa:

a)   porque enseña que, para llevar a cabo su labor evangelizadora, la Iglesia deberá contar siempre y en todo con la intercesión de María y, a su vez, esta certeza deberá encarnarse de tal modo que arraigue para siempre -en la época presente y en la futura- en todo su existir;
b)   porque comprometió su suprema autoridad de magisterio, proclamando que la maternidad espiritual de la Virgen, que se expresa en su mediación ante Dios, es la interpretación auténtica, o sea, llena de la autoridad que le viene de Cristo, de la doctrina del Concilio sobre Santa María, la Madre de Dios;
c)    porque recurrió al testimonio de la Tradición de los santos para  fundamentar su enseñanza.

Como dijimos, la riquísima enseñanza de Juan Pablo II sobre la Santísima Virgen -“ningún Papa dedicó tanto tiempo a la catequesis mariana” (Perrella)- fue un desarrollo orgánico de su certeza de fe en la intercesión materna de María. Años más tarde, cuando publique el libro Cruzando el umbral de la esperanza, reiterará por escrito su convicción: “Cristo vencerá por medio de Ella, porque Él quiere que las victorias de la Iglesia en el mundo contemporáneo y en el mundo del futuro estén unidas a Ella”. ¿Cómo hacer realidad este deseo?

La Iglesia coopera con María

Estamos en un tiempo de oscuridad, de un batallar permanente de toda una cultura sin Dios contra la Iglesia y sus enseñanzas, contra la familia, sustento de la civilización, contra toda norma moral… El papa emérito, Benedicto XVI, ha vuelto a declararlo en su biografía recién publicada en alemán: “La sociedad moderna está formulando un credo anticristiano, y oponerse a él se castiga con la excomunión social. El temor ante este poder espiritual del anticristo es algo natural; se precisa realmente la ayuda de la oración de toda una diócesis y de la Iglesia universal para oponerse a él”. ¿Qué hacer, por dónde debe ir la Iglesia para enfrentarse a esta realidad muchas veces denunciada también por el papa Francisco, y continuar su misión salvadora en el mundo? ¿Cómo “hacer intervenir” a la Madre de la Iglesia en esta lucha?

Al convocar el Año Mariano de 1987-1988, san Juan Pablo II se planteaba esta misma inquietud. En la encíclica La Madre del Redentor, escribió que, además de “recordar todo lo que en su pasado testimonia la especial y materna cooperación de la Madre de Dios en la obra de la salvación en Cristo Señor, la Iglesia debería “preparar, por su parte, cara al futuro las vías de esta cooperación”.  Dicho de otra manera, el papa deseaba encontrar para la Iglesia de nuestro milenio el camino más seguro, que le facilite a Santa María el ejercicio de su intercesión materna. ¿Dónde se encuentra y cómo llegar a él?  



 En mi opinión, se encuentra llevando a la práctica lo que enseña hermosamente el Catecismo de la Iglesia Católica: los dogmas son luces en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro (n. 89). Es una afirmación preñada de fe y esperanza. Los dogmas, en efecto, tienen la garantía divina de la verdad que enseñan. Cuando celebramos la Inmaculada Concepción de la Virgen cada 8 de diciembre, o su Asunción al cielo en cuerpo y alma el 15 de agosto, ¿no experimentamos en la Iglesia un sentimiento de particular alegría, que se vuelca en manifestaciones y celebraciones de toda clase?... ¡Son verdades reveladas por Dios que nos llenan de gozo y esperanza!

Una antigua propuesta actual

La propuesta de una nueva definición dogmática mariana es antigua; se remonta, al menos, a los comienzos del siglo XX, cuando el cardenal Mercier, arzobispo de Malinas-Bruselas, comenzó un movimiento de petición de la definición dogmática de María como Mediadora.  A su vez, la totalidad de los obispos mexicanos elevó al Papa Pío XII, el 14 de octubre de 1954, una petición para que definiera dogmáticamente la Maternidad espiritual de María. Volvieron a insistir ante Juan XXIII el 16 de octubre de 1959, una vez anunciada la convocatoria del Concilio Vaticano II, pero, como es sabido, no entraba en las intenciones del Concilio definir dogmas.

 En tiempos más cercanos, se destaca el movimiento Vox Populi Mariae Mediatrici que patrocina, con millones de fieles, la definición de la Virgen como Madre de Todos los Pueblos, Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada. En esta oportunidad (agosto de 1996) el Papa quiso conocer la opinión de la Pontificia Academia Mariana Internacional acerca de “la posibilidad y la oportunidad de la definición de los títulos marianos”. Reunida en Czestokowa, la comisión de la PAMI nombrada a tal efecto, se expidió negativamente. Aún más recientemente, en febrero de 2008, cinco cardenales enviaron una carta a los purpurados de todo el mundo, invitándolos a unirse a ellos para pedir a Benedicto XVI que proclame a María “Madre espiritual de toda la humanidad, corredentora con Jesús Redentor, mediadora de todas las gracias con Jesús, único mediador, y abogada con Jesucristo en favor del género humano”.

           Estas peticiones, no obstante el empeño de sus promotores, no han encontrado eco en la Santa Sede. ¿Por qué motivo? En mi opinión, porque, como escribió el antiguo rector de la universidad “Marianum” “la historia de los dogmas y de la teología enseña que la Iglesia, después de largas y sufridas discusiones, define una doctrina que entiende plenamente contenida en la divina Revelación” (S. Perrella). Dicho de otra manera: así como en otros tiempos se explicaban los privilegios de la Madre de Dios recapitulándolos en los grandes títulos marianos,  después del impulso que dio el Concilio Vaticano II para fundamentar la doctrina en la Palabra de Dios revelada en la Sagrada Escritura, tal modo de hacer se ha demostrado infructuoso.


          Juan Pablo II siguió el camino conciliar durante todo su pontificado (aquí y ahora no podemos explicitarlo con detalle), de manera que la Iglesia llegara a comprender en profundidad la doctrina de la maternidad espiritual de la Santísima Virgen, manifestada en la historia multisecular de la Iglesia por el recurso filial del pueblo cristiano. En suma, su labor de magisterio fue una preciosa verificación de que, “aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos” (CIC, n. 66).

 Llegados a este punto, es natural preguntarse: teniendo en cuenta lo que se ha dicho acerca de lo que representan los dogmas para la vida de fe de los creyentes; teniendo en cuenta el magisterio petrino sobre la maternidad de la Santísima Virgen; considerando también que cada vez es mayor en todo el mundo el recurso a su intercesión;  en los tiempos que viven la Iglesia y el mundo, ¿sería conveniente proceder a definir el dogma de la Maternidad espiritual de la Santísima Virgen?

El gran peso de las razones a favor

 Por diez distintos motivos, pienso que la respuesta a esta pregunta es afirmativa.

1)     Al clausurar la tercera sesión del Concilio Vaticano, el papa san Pablo VI expuso un principio de comprensión de la misión de la Iglesia que, en la turbulencia que hoy la agita, es un refugio inalterable: el conocimiento de la verdadera doctrina católica sobre María será siempre la llave de la exacta comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia”. Fue una precisión clave la del sumo pontífice, desde el momento en que por todas partes se difundían y se siguen difundiendo ideas erróneas sobre el Verbo Encarnado y sobre la Iglesia, que comparten el desconocimiento de su naturaleza sobrenatural. El acto pontificio definitorio acerca de la Maternidad espiritual de María, ¿no sería el disparador de un renovado descubrimiento del misterio sublime de la Santísima Virgen y, en consecuencia, del misterio de la filiación de los hombres en Cristo su Hijo (hijos del Padre en el Hijo por el Espíritu Santo) y, por tanto, del misterio de la Iglesia?

2)    En ese mismo sentido, y en continuidad con lo que acabamos de decir, hay que subrayar la necesidad de redescubrir y fomentar, a la luz del misterio materno de María, el carácter materno de la Iglesia, tema esencial del cual el papa Francisco no se cansa de predicar. La reafirmación dogmática de la convicción, ya presente en la fe del pueblo de Dios, acerca de María como Madre espiritual de todos los hombres, ¿no llevaría a toda la Iglesia a profundizar en el significado de la vocación bautismal cristiana y de la unidad del pueblo de Dios?

3)    La proclamación de la Maternidad espiritual de María y el ejercicio de su maternal intercesión significaría también un reforzamiento del sentido de la esperanza cristiana de los fieles. Los obispos latinoamericanos manifestaban su preocupación porque “numerosas personas pierden el sentido trascendente de sus vidas y abandonan las prácticas religiosas, y, por otro lado, que un número significativo de católicos está abandonando la Iglesia para pasarse a otros grupos religiosos” (Aparecida, n. 98 f). A su vez, los obispos europeos diagnosticaban en 2003: “los hombres viven hoy sin esperanza. En la raíz del problema está el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo. Esta forma de pensar ha llevado a considerar al hombre como «el centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar así falsamente el lugar de Dios y olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre. El olvido de Dios condujo al abandono del hombre, por lo que no es extraño que en este contexto se haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria. La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera” (Juan Pablo II, Ex. Ap. Ecclesia in Europa, n. 9). El acto pontificio que proponemos, ¿no supondría también un reforzamiento en los fieles de la comprensión de su identidad de cristianos y, por expresarlo así, una defensa oportuna de los valores que caracterizan el significado de la existencia humana vivida bajo la luz de Cristo, colmada de esperanza y capaz de transmitir esperanza?

4)    La Iglesia del siglo XXI tiene necesidad particular de madres de familia  formadas a semejanza de su Madre: generosas hasta el heroísmo, abnegadas hasta el amor a la Cruz, audaces y perseverantes, amantes de la familia y expertas en humanidad.  ¿Acaso la proclamación dogmática de la Maternidad espiritual de María no supondría un extraordinario incentivo en las madres cristianas y en todas las mujeres, para despertar la dimensión evangelizadora de su condición personal de hijas de Dios a imagen de Cristo y de María?
  
5)    Por todo el mundo se difunde la “cultura de la muerte”, en particular el abominable crimen del aborto. Legalizada su práctica en no pocos países, a la conciencia “le cuesta cada vez más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental mismo de la vida humana” (Juan Pablo II, enc. Evangelium vitae, n. 4). María es esencialmente Madre: del Verbo Encarnado, de todos los hombres y mujeres que habitan la tierra, incluidas aquellas que recurren al aborto. La proclamación dogmática de la Maternidad espiritual de la Santísima Virgen, ¿no llevaría a una clarificación de las conciencias, de manera que quienes duden si abortar o no, busquen a la “Madre del Buen Consejo” y encuentren en ella consuelo y arrepentimiento? Asimismo, las mujeres que han sufrido el drama de un aborto y cargan con su culpa durante toda la vida, ¿no sentirán el alivio de su pena y se acercarán nuevamente al Redentor, mediante la intercesión de la “Madre de Misericordia”, de quien jamás se oyó decir que haya abandonado a uno de sus hijos?

6)   Conviene recordar las lecciones de la historia: ella “enseña que, pese a ciertas apariencias en contrario, ha sido siempre una situación de amenaza para la Iglesia la que ha conducido a la formulación de los dogmas” (M. Schmaus). Actualmente la Iglesia sufre el embate de la “ideología de género” y de un laicismo confesional, agresivo e intolerante, que pretende borrar la idea misma de Dios y destruir la familia, Iglesia doméstica y célula primordial de la sociedad. Asimismo, el fundamentalismo musulmán es en distintos lugares de la tierra una gran amenaza para nuestros hermanos en la fe, de los cuales se cuentan por millares los que por ella han dado su vida o han debido exiliarse de sus patrias. La definición dogmática de la Maternidad espiritual de María, ¿no provocaría el redescubrimiento de la divina grandeza de la maternidad de la mujer, frente a las ideologías que pretenden anularla? A su vez, teniendo en cuenta que las personas que profesan serenamente la religión musulmana manifiestan un respeto y cariño especiales a la Madre de Jesús, ¿no contribuiría su exaltación a un entendimiento mayor con los cristianos?

7)    Las definiciones de los dogmas marianos, escribía Charles Journet, uno de los grandes teólogos del siglo XX, “se corresponden secretamente con los grandes acontecimientos de la Iglesia”. Después de ilustrar su afirmación con ejemplos de la historia, se adelantaba a nuestro tiempo y en 1954, apenas cuatro años después de la definición dogmática de la Asunción, escribía: “la doctrina de la mediación corredentora de la Virgen, (expresión de su Maternidad espiritual) que quizás será definida el día de mañana, recordará a los cristianos que, a imagen de María, unida al sacrificio redentor que su Hijo ofrecía en el Calvario por toda la humanidad, ellos son invitados, en un universo cada vez más solidario económicamente pero cada vez más dividido espiritualmente, a ser en Cristo y por Cristo con toda la Iglesia, no solamente miembros “salvados”, sino miembros “salvadores” de este mundo contemporáneo que les es hostil y de los millones de almas que encierra”. Urgidos cada día más por un proyecto apostólico de gran aliento y de dimensiones universales, que ha de ser llevado a la práctica por todos los cristianos, ¿no encontraría este propósito un fuerte punto de apoyo y una fuente de desarrollo, en la firme convicción de fe de contar para su realización con la eficaz intercesión de la Madre de la Iglesia y de cada uno de los fieles?

8)   “¡Abrid las puertas a Cristo!”, exclamaba Juan Pablo II al comenzar su pontificado. Nadie pudo prever entonces, ni cómo ni cuándo tendría lugar esa deseada apertura al Verbo Encarnado y a la Iglesia, de los países dominados por el comunismo, en los cuales hoy vive la Iglesia en libertad. El acto pontificio del que estamos tratando, al mismo tiempo que solemne expresión de gratitud de la Iglesia para con su Madre, ¿no aparece como prenda de la anhelada cooperación de la Iglesia con María, para acometer la nueva etapa de la evangelización?

9)   Vivimos en un tiempo de “pensamiento débil”, de un subjetivismo que todo lo relativiza y, simultáneamente, la nuestra es una época de credulidad en la que encuentran su lugar, como verdades de fe, fantasías asombrosas. Muchas personas sedientas de certeza, ¿cabe dudar de que se acercarán a la Iglesia atraídas por la seguridad del Magisterio infalible, que garantice la realidad divina de la Maternidad espiritual de la Virgen, de su amable cercanía a todos los hombres?

10) Comentando el sentido del dogma de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma al Cielo, J. Ratzinger entendía que “la fuerza motriz decisiva en esta definición fue el culto a María; que el dogma, por así decir, tiene su origen, su fuerza motriz y también su objetivo no sólo en el contenido de una proposición, cuando más bien en un homenaje, en un acto de exaltación”. María, con su cariño materno, atrae a multitudes en todos los sitios. ¿No debería la Iglesia –“es de bien nacidos ser agradecidos”- corresponder a sus desvelos con el acto que proponemos?



La dificultad ecuménica

          La pregunta clave, frente a la propuesta de definición dogmática, salta a la vista: ¿cómo afectaría este acto al ecumenismo, actividad primordial de la Iglesia post conciliar, estimulada por san Juan Pablo II, por el papa emérito y por su sucesor, el papa Francisco?

           Convendría hacer una distinción: por lo que respecta al diálogo con los protestantes, hay que tener presente, siguiendo al cardenal Ratzinger, que “el abismo que separa ambas realidades (Iglesia Católica y confesiones de la Reforma) se ha hecho demasiado profundo. (…) Realmente hay que constatar que el protestantismo ha dado pasos que más bien lo alejan de nosotros: con la ordenación de mujeres, la aceptación de uniones homosexuales y cosas semejantes. Hay también otras posturas éticas, otras conformidades con el espíritu de la actualidad que dificultan el diálogo. Naturalmente, al mismo tiempo hay en las comunidades protestantes personas que tienden vivamente hacia la auténtica sustancia de la fe y que no aprueban esta actitud de las grandes Iglesias”.

          Las cosas son distintas en la relación de la Iglesia Católica con la Ortodoxa y, particularmente, por la fe y la piedad marianas que distinguen a estas Iglesias hermanas. “Lo que es obligatorio como doctrina dogmática para todos los ortodoxos, dice el teólogo ortodoxo A. Stawrowsky, son las siguientes definiciones de la Iglesia sobre la Santísima Virgen María: 1.- Ella es Madre de Dios y no sólo Madre de Cristo: Theotokos, según la definición del III Concilio ecuménico de Éfeso, del 431. 2.- Ella es siempre Virgen. (…) 3.- Ella es la intermediaria del género humano ante su Hijo, según la definición del IV Concilio ecuménico”.

          Esta coincidencia doctrinal anima a continuar con particular esperanza el diálogo ecuménico con la Iglesia Ortodoxa: “según la lógica de su corazón materno, presagiaba Juan Pablo II, Ella nos ayudará a hallar el camino del acuerdo mutuo entre el Occidente católico y el Oriente ortodoxo”. La profunda piedad hacia la Madre de Dios, nos ha llevado a “un profundo acuerdo entre católicos y ortodoxos sobre el valor de la presencia de María en la vida cristiana”. ¿No cabe esperar que la unidad buscada cristalice, al menos, en un acuerdo para honrar definitivamente a la Madre de Dios como Madre nuestra?

Previsibles reacciones. La “ley del progreso mariano”.

Es natural preguntarse –más todavía en este tiempo en el que vivimos bajo la dictadura del relativismo- qué reacción puede provocar, fuera y dentro de la Iglesia, el acto de magisterio solemne pontificio, infalible por su naturaleza, que proponemos.

           Para los que pertenecen a otras confesiones distintas de la Iglesia Católica y viven en la lógica de la tolerancia racionalista, seguramente resultará un acto intolerable. En consecuencia, el Papa será atacado por todos los medios de comunicación “tolerantes”. Pero bien sabe Francisco, al igual que su antecesor y que todos los obispos de Roma, que “la Iglesia, el cristiano y sobre todo el papa, -afirmaba J. Ratzinger- debe contar con que el testimonio que tiene que dar se convierta en escándalo, no sea aceptado, y que, entonces, sea puesto en la situación de testigo, en la situación de Cristo sufriente”.

           Se puede adelantar, por otra parte, que en el seno de la Iglesia ha de verificarse la “ley del progreso mariano” enunciada por Journet. La densidad de la cita justifica su extensión.

Por la identidad que existe entre María y la Iglesia, el gran teólogo suizo hacía ver que, “por un destino a la vez trágico y grandioso, los progresos de la piedad mariana y eclesial, a medida que son más necesarios a la Iglesia,  obligada a tomar una conciencia sin cesar más neta de su diferencia específica por la cual ella es la sal de la tierra, corren el riesgo al mismo tiempo de separar más y más a los pueblos que ella tiene la misión de evangelizar.

Las definiciones dogmáticas sobre la Virgen y la Iglesia (…) tienen el efecto, por un lado, de reunir las fuerzas vivas de la Iglesia cara a los supremos combates y, por otro, de alejarla cada vez más de un mundo en el que su ley es vivir -“Padre, no te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn 17, 15)- para llevarle la sangre de la redención.

Aquí abajo, la ley de lo sobrenatural es no poder comenzar a reunir si no es venciendo muchas resistencias. Desde el principio, Cristo no puede anunciar el sacramento por excelencia de la unidad de su Iglesia, sin aumentar las divisiones: “Desde ese momento, muchos de sus discípulos lo dejaron y no fueron más con Él” (Jn 6, 66).

La misma ley continúa rigiendo en la Iglesia. Hace falta comprender con suficiente magnanimidad que, cuando se preparan nuevas definiciones dogmáticas del magisterio solemne, muchos cristianos, que a pesar de todo permanecerán fieles a su fe católica hasta el final, se dejarán sin embargo invadir y se sentirán heridos por consideraciones “demasiado humanas”, de las que ninguno de nosotros puede creerse totalmente eximido.

Cuando tratan de pensar individualmente, los vemos dividirse en dos grupos extremos. Unos, en los cuales el celo no está incontaminado, se exaltan pensando poder lanzar al mundo nuevos desafíos, con el fin de agravar su situación y de precipitar su catástrofe. Otros lamentan que se agrande el desgarrón por el que la Iglesia se separa no solamente del mundo, sino también de las Iglesias disidentes; se afligen por lo que se atreven a llamar un endurecimiento progresivo de la revelación evangélica, y lloran con toda la sinceridad de sus corazones, debido a la inoportunidad de nuevas definiciones.

Solamente la contemplación de la ley trágica y grandiosa del progreso del reino de Dios en el tiempo, es capaz de levantar el corazón de los cristianos, por encima de estas dos formas contrarias de error. La Iglesia, que no está hecha de nuestros defectos y lleva al Espíritu Santo, sabe adónde va. Ninguno de sus hijos lo sabe plenamente; solamente Dios, que es Maestro de la historia y de la marcha de la Iglesia”.

Consultar al pueblo

A fines del siglo pasado, otro gran teólogo, el cardenal  John Henry Newman, canonizado por el papa Francisco, defendió la importancia de consultar a los laicos cuando se prepara una definición dogmática. ¿Por qué? “La respuesta es inmediata: porque el cuerpo de los fieles es uno de los testigos del carácter tradicional de la doctrina revelada, y porque dicho consensus a través de la Cristiandad, es la voz de la Iglesia Infalible”.

            Ahondando en su afirmación, explicaba que “si hay una instancia en la que (el laicado) debería ser consultado, es respecto de doctrinas concernientes directamente a lo devocional. (…) El pueblo fiel tiene una especial función en lo que respecta a aquellas verdades doctrinales relacionadas con lo cultual. (…) Y la Santísima Virgen es preeminentemente objeto de devoción, razón por la cual, repetimos, aun cuando los obispos ya se habían pronunciado favorablemente a favor de su absoluta impecabilidad (se refiere a la consulta que hizo Pío IX antes de definir la Inmaculada Concepción), el Papa, no contento con esto, quiso conocer el parecer de los fieles”.

En la oportunidad de realizar un acto extraordinario de magisterio acerca de la doctrina de la Maternidad espiritual de María, el camino señalado por Newman se presenta como muy necesario: por el valor teológico que tiene el consentimiento de los fieles (tema recurrente en la enseñanza del papa Francisco) y también por la fina sensibilidad de la responsabilidad que tienen los laicos en la Iglesia, cultivada durante este medio siglo post conciliar. Los medios de comunicación actuales permitirían hoy realizar una extraordinaria consulta mundial, para conocer el parecer de los fieles antes de realizar el acto al que nos referimos.

La Iglesia en Latinoamérica

En este tiempo de especial prueba que le ha tocado vivir a la Iglesia y al mundo, la Iglesia que vive en Latinoamérica tendría un papel particular.

      El precioso tesoro que ella posee es la piedad popular, que encuentra su más hermosa manifestación en la devoción a María Santísima: “ella se ha hecho parte del caminar de cada uno de nuestros pueblos, entrando profundamente en el tejido de su historia y acogiendo los rasgos más nobles y significativos de su gente. Las diversas advocaciones y los santuarios esparcidos a lo largo y ancho del Continente testimonian la presencia cercana de María a la gente y, al mismo tiempo, manifiestan la fe y la confianza que los devotos sienten por ella. Ella les pertenece y ellos la sienten como madre y hermana” (Aparecida, n. 269).

Aun castigados muchos países de América Latina por distintas manifestaciones de violencia y hostigados por fuerzas disgregadoras de la familia, la piedad popular sigue siendo en sus gentes “una expresión de sabiduría sobrenatural, porque la sabiduría del amor no depende directamente de la ilustración de la mente sino de la acción interna de la gracia. Por eso, la llamamos espiritualidad popular” (Aparecida, n. 263). María Santísima, Reina de la familia y Reina de la paz,  ¿no esperará de la sabiduría de sus hijos latinoamericanos un activo papel, proponiendo a Francisco, hijo de la piedad mariana bajo la cual nació y creció, y fomentó con ardor, la proclamación solemne de María, Madre espiritual de los hombres, para la gloria de Dios y el bien de la Iglesia y de toda la humanidad?

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          La hora de la Cruz y la de la Resurrección, siempre inseparables en la historia de la Esposa de Cristo, han sido también, en todo momento, horas de recogimiento en torno a nuestra Madre Santa María.  

          Quiera Dios que, al exaltar la Iglesia en nuestros días la amorosa Maternidad espiritual de la Señora y su incansable y todopoderosa intercesión por nosotros ante su Hijo, resuene eficazmente en la conciencia de los cristianos y, a través de ellos, en toda la Humanidad, el eco de su buen consejo: “Hagan lo que Él les diga”.

          Que Él bendiga asimismo nuestros deseos y nuestras acciones en honor de su Madre, que es también Madre nuestra.