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DESPUÉS DE 115 AÑOS...

Juan Bautista Berdum fue un vasco francés a quien el gobierno de España, en 1801, donó unos terrenos cercanos al poblado de la Inmaculada Concepción de Minas. Los vecinos del lugar, pasado el tiempo, le llamaron al paraje Cerro del Verdún. En el año 1900, el párroco de la ciudad, Don José De Luca, le pidió permiso a don Pedro Dartayete y a su esposa, doña María Ariza, dueños entonces del cerro, para colocar en la cumbre una imagen de la Virgen. Desde el 19 de abril de 1901 hasta hoy, la Virgen del Verdún se ha convertido en el lugar de peregrinaciones más popular del Uruguay: cada 19 de abril, miles de personas de todo el país suben al Cerro para agradecerle a la Inmaculada sus indudables favores. En 2010, coincidiendo con el jubileo por los 50 años de creación de la Diócesis de Minas, los obispos uruguayos declararon el lugar Santuario Nacional.

En 19 de abril de 2014 se inauguró la renovación del entorno del templete de la Virgen. El 15 de septiembre de 2015, la capilla "Madre de Misericordia", en la cumbre del Cerro. Es la Virgen la que mueve los corazones, para que ayuden a hacer de su casa del Verdún un lugar privilegiado de encuentro con Jesús.


jueves, 1 de octubre de 2015

DE PELÍCULA... Y BASTANTE MÁS.


            Lunes 28 de septiembre. Una de la tarde en el aeropuerto JF Kennedy de Nueva York. Estoy aquí desde que me dejaron, hace un rato, dos señoras (Deborah, 2 hijos, y Tone (¿). Deborah manejó muy bien, poco más de dos horas, por la autopista de 9 carriles que une Filadelfia con New York. Este ha sido el último favor recibido del cielo, desde que arrancó el viaje Montevideo-Filadelfia-Roma. Y desde antes, como se verá.

Hace cuatro días, mientras hacía cola en el Pennsylvania Convention Center para recoger un ticket, empecé a conversar con un fraile franciscano joven, un poco llamativo por su aspecto: barba rubia algo descuidada, hábito gris de tela gruesa, sandalias con pies al aire, cinturón marrón en la cintura, y un aspecto de intelectual tipo Harvard que contrastaba con su vestimenta.

Se llama Andrew, Father Andrew, es de Boston y pertenece a la Orden franciscana de la primitiva observancia. Mientras adelantaba la fila hablamos de todo un poco. Le pregunté cuál seria el mejor modo para ir de Filadelfia a Nueva York el lunes de mañana. Manejó algunas posibilidades…

Al día siguiente volvimos a encontrarnos, unos minutos antes de empezar la Misa del WFM 2015. – Your problem is OK, Bishop (modo normal de dirigirse a un obispo; me cae mucho mejor que el Eccellenza italiano). I mean, there is no problem! Esa misma tarde, Mrs. Deborah, amiga de Fr. Andrew, me mandó un mensaje al celular: I will pick you up at 7.30 am at St Augustine’s on Monday morning. God bless you! Deborah y su amiga estaban encantadas de dejarme en el aeropuerto, antes de seguir viaje de regreso a New Jersey.

Llegaron puntualmente a la parroquia de San Agustín. ¿Qué cómo fui a parar ahí? Este fue el primero de los favores recibidos antes de salir de Montevideo. Cuando Víctor Hugo y Gabriela, secretarios ejecutivos –muy ejecutivos, lo aseguro- de nuestra Comisión de pastoral familiar, en la Conferencia Episcopal Uruguaya, empezaron a moverse para organizar el viaje al WFM, traté por mi cuenta de conseguir un alojamiento cercano al Pennsylvania Convention Center y gratis, naturalmente.

Escribí 10 e-mails a distintas parroquias planteando mi deseo y recibí dos respuestas: la primera, muy profesional, me remitió al sitio web del WFM. La segunda y última fue de Father Bill, agustino. –Bishop, si no le importa compartir el baño con otro sacerdote, tenemos para usted una habitación con una mesa y una cama. ¡Bien, Fr. Bill! (No sé si lo habrá dicho para “probarme”, la verdad, porque me sorprendió con un muy buen cuarto, sin mesa pero con baño y un sillón).


            La parroquia San Agustín está en la parte histórica de Filadelfia, un barrio que es un ejemplo de amor a las raíces de los Estados Unidos. Aquí se encuentra la Campana de la Libertad, la Casa de la Independencia, la casa de Benjamín Franklin…: la historia cuidada con distinción y limpieza.

            Todas las mañanas, saliendo de la parroquia a tempranas horas, iba caminando (el tiempo de un Rosario, a paso tranquilo) y rezando por tantas personas de todos los colores que me saludaban con una sonrisa: - Gudmónin, Fad! Jalóu, Fad! (Les alegra ver al sacerdote; y lo necesitan. Apenas pisé el aeropuerto, hace un rato, me detuvo una señora: - Father, please, pray for my father, is ill, very ill! Thank you very much! Lo hice enseguida, lo hago ahora también).

            En la parroquia San Agustín, decía, el jueves pasado, a la una de la tarde, los argentinos que participaban en el WMF organizaron una Misa a la que fuimos invitados los uruguayos. No todos pudieron asistir, pero sí una buena representación: para pedirle a Dios por nuestras familias, por el apostolado con ellas, por los que se preparan para el matrimonio y también por los que no se preparan.

            Asistió Ana, antigua alumna, que conoció a Javier, su esposo, mientras estudiaban los dos en la UM. Vinieron a Filadelfia desde Massachusets, con sus dos hijas. Durante el “American food” que prepararon los parroquianos de San Agustín (se pasaron) nos pusimos al día.



El sábado de tarde, el Independence Mall fue el lugar en el que el Papa Francisco volvió a hablar de algo que lleva muy en su corazón y que, durante el WMF, ha estado latiendo en su misma frecuencia: la situación de los inmigrantes, en todo el mundo y especialmente en los Estados Unidos.


El discurso del Papa fue bien claro, incisivo y alentador: pidió a los inmigrantes que cuiden la propia historia, que no dejen sus propias tradiciones, que permanezcan fieles a sus raíces… Durante el WMF, a su vez, el arzobispo de Los Ángeles, José H. Gómez, mexicano, que tiene una probada preocupación por los inmigrantes, reclamó la imprescindible reforma de las leyes de inmigración: lo aplaudieron con ganas.

Mientras escuchaba al Papa me preguntaba qué más podríamos hacer en Uruguay por los centenares de familias desplazadas a causa de la guerra y del desempleo: son mujeres, hombres y niños con dolorosas historias detrás, que reclaman ampliar nuestro corazón, no quedarnos “en la chiquita” y ofrecerles posibilidades reales de vivir mejor. ¿Cómo hacerlo? No lo sé. Pero hay personas capaces, entre nosotros, que pueden pensar en esto y concretarlo. Quizás estemos perdiendo demasiado tiempo peleándonos por cuestiones de entre casa muy solucionables, y no caemos en la cuenta de que hay millones de rostros que estarían contentos con sólo una sonrisa.


 Tanto cuando llegó el Papa, como al retirarse después de su discurso, pude participar en un auténtico “thriller”, con todos sus ingredientes. La visita de Francisco ha supuesto un despliegue de seguridad nunca visto: policías de todos los cuerpos, SWAP, FBI, soldados, perros entrenados, tiradores de precisión… Llegué a pensar en qué película había visto a aquel morocho y a aquel otro, tipo John Wayne, y a aquel con pinta de Harry el Sucio… Influencia de la cultura del cine que vemos… ¡Increíble!

















Volví caminando a la parroquia, pensando, rezando y agradeciéndoles a los soldados que hacían guardia –no exagero- en cada esquina: You are welcome, Father. Thank you, Bishop!...

En un momento aparece una feliz familia numerosa: papá, mamá y siete hijos. El papá se agacha a buscar algo, pienso que su máquina de fotos; pero saca del coche de su hijo una carpeta de plástico rojo. Me explica que han venido de Canadá y que los miembros de su comunidad parroquial le escribieron al Papa. Él tiene el encargo de entregarlas al primero que pudiera hacerlas llegar a Francisco. –Well, I think I am the right person… -Ouuuu!..., guauu!...  Las llevo a Roma en el bolso.  



(Cuando llegue subiré estas líneas al blog. En el JFK Airport  hay de todo, excepto Wi-Fi gratis).

Jueves 1° de octubre. Por problemas técnicos, hasta hoy no pude subir esto: la PC se contagió, creo, de mi poco sueño. Mi disculpas. 

           



             

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