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DESPUÉS DE 115 AÑOS...

Juan Bautista Berdum fue un vasco francés a quien el gobierno de España, en 1801, donó unos terrenos cercanos al poblado de la Inmaculada Concepción de Minas. Los vecinos del lugar, pasado el tiempo, le llamaron al paraje Cerro del Verdún. En el año 1900, el párroco de la ciudad, Don José De Luca, le pidió permiso a don Pedro Dartayete y a su esposa, doña María Ariza, dueños entonces del cerro, para colocar en la cumbre una imagen de la Virgen. Desde el 19 de abril de 1901 hasta hoy, la Virgen del Verdún se ha convertido en el lugar de peregrinaciones más popular del Uruguay: cada 19 de abril, miles de personas de todo el país suben al Cerro para agradecerle a la Inmaculada sus indudables favores. En 2010, coincidiendo con el jubileo por los 50 años de creación de la Diócesis de Minas, los obispos uruguayos declararon el lugar Santuario Nacional.

En 19 de abril de 2014 se inauguró la renovación del entorno del templete de la Virgen. El 15 de septiembre de 2015, la capilla "Madre de Misericordia", en la cumbre del Cerro. Es la Virgen la que mueve los corazones, para que ayuden a hacer de su casa del Verdún un lugar privilegiado de encuentro con Jesús.


sábado, 3 de diciembre de 2011

NO HAY JUSTICIA SIN PERDÓN (Carta Pastoral-3)


                                     Julio Castro (1908-1977)
En este momento amargo que se vive en Uruguay, puede ser útil meditar lo que hemos escrito los Obispos.

"Queremos llamar la atención sobre otro dato de nuestra realidad, que tiene particular trascendencia: es un hecho indiscutible que vivimos en una sociedad en la que hoy aparecen confundidos deseos de justicia e impulsos de venganza. Pensando en un futuro mejor nos preguntamos: ¿es posible superar este conflicto?
La respuesta es afirmativa si se incorpora a nuestra vida en sociedad un concepto clave del patrimonio cristiano: el perdón.
Porque puede parecer que la justicia y el perdón son irreconciliables, les proponemos la palabra iluminadora de Juan Pablo II, trabajador incansable en favor de la paz.

Muchas veces –decía- me he detenido a pensar sobre esta pregunta: ¿cuál es el camino que conduce al pleno restablecimiento del orden moral y social, violado tan bárbaramente? Y se respondía: La convicción a la que he llegado, razonando y confrontándome con la Revelación bíblica, es que no se restablece completamente el orden quebrantado, si no es conjugando entre sí la justicia y el perdón. Los pilares de la paz verdadera son la justicia y esa forma particular del amor que es el perdón.

El Papa reconocía en su análisis que la propuesta del perdón no se comprende de inmediato ni se acepta fácilmente; es un mensaje en cierto modo paradójico. En efecto, el perdón comporta siempre a corto plazo una aparente pérdida, mientras que, a la larga, asegura un provecho real. Y agregaba: el perdón es necesario también en el ámbito social. Las familias, los grupos, los Estados, la misma Comunidad internacional, necesitan abrirse al perdón para remediar las relaciones interrumpidas, para superar situaciones de estéril condena mutua, para vencer la tentación de excluir a los otros, sin concederles posibilidad alguna de apelación. La capacidad de perdón es básica en cualquier proyecto de una sociedad futura más justa y solidaria.

A lo largo de los dos siglos de historia que estamos celebrando, nuestra patria ha conocido momentos de crispación y violencia. Nuestros mayores supieron superarlos con actitudes nobles que no dejaron huellas de rencor en sus descendientes.

El futuro mejor que queremos construir entre todos los uruguayos, requiere cultivar esta certeza que enfáticamente predicaba Juan Pablo II y que hacemos nuestra:

            No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”.














2 comentarios:

Francisco dijo...

Estoy de acuerdo... el problema es cómo, en cada coyuntura concreta, se dan las posibildiades para ese camino: Perdón - Justicia - Paz.
El hecho de estos días ha demostrado que cuando se abrió una posibilidad (con notoria intervención de católicos) de reconocer errores y mirar hacia adelante, como fue la Comisión para la Paz, hubo involucrados que MINTIERON.
Este tipo de situaciones (ni hablemos del asesinato de un anciano enfermo con un tiro en la frente), hacen vacilar las convicciones de quienes apostamos por dar vuelta la página y mirar hacia adelante, como tan bien escribió Lincoln Maiztegui hoy en El Observador.

Anónimo dijo...

El perdón se puede otorgar a quien lo pide con auténtica constricción. En el caso emblemático de Julio Castro primero hubo negación. Segundo, mentiras. Tercero, justificación. En lo personal necesito justicia humana. Podré entender el perdón si media un genuino arrepentimiento del victimario.

Pero hasta hoy sólo vivimos el encubrimiento de la corporación armada. No siento odio. Cargamos este tema con una enorme tristeza y preocupación por el futuro.