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DESPUÉS DE 115 AÑOS...

Juan Bautista Berdum fue un vasco francés a quien el gobierno de España, en 1801, donó unos terrenos cercanos al poblado de la Inmaculada Concepción de Minas. Los vecinos del lugar, pasado el tiempo, le llamaron al paraje Cerro del Verdún. En el año 1900, el párroco de la ciudad, Don José De Luca, le pidió permiso a don Pedro Dartayete y a su esposa, doña María Ariza, dueños entonces del cerro, para colocar en la cumbre una imagen de la Virgen. Desde el 19 de abril de 1901 hasta hoy, la Virgen del Verdún se ha convertido en el lugar de peregrinaciones más popular del Uruguay: cada 19 de abril, miles de personas de todo el país suben al Cerro para agradecerle a la Inmaculada sus indudables favores. En 2010, coincidiendo con el jubileo por los 50 años de creación de la Diócesis de Minas, los obispos uruguayos declararon el lugar Santuario Nacional.

En 19 de abril de 2014 se inauguró la renovación del entorno del templete de la Virgen. El 15 de septiembre de 2015, la capilla "Madre de Misericordia", en la cumbre del Cerro. Es la Virgen la que mueve los corazones, para que ayuden a hacer de su casa del Verdún un lugar privilegiado de encuentro con Jesús.


lunes, 29 de marzo de 2010

DOMINGO DE RAMOS EN NUEVA YORK

Ayer celebré Misa en Nueva York. Y, cuando volvía a mi casa caminando durante media hora larga, entendí quizás mejor que nunca que la Iglesia es infinitamente más que las noticias. Mejor aún: para encontrar a la Iglesia, y conocerla y quererla, hay que estar con quienes, precisamente, nunca son noticia.
Nueva York es un barrio muy pobre de Paysandú, en el que nunca había estado. Su nombre, según me contó una señora mayor de allí, le quedó desde hace muchos años, cuando se empezaban a levantar las primeras casitas de lata de la zona. Un líder visionario dijo entonces:
- Con el tiempo, donde hoy hay casas de lata habrá rascacielos, como en Nueva York.
Le erró a la profecía, le erró feo. Pero el nombre quedó, contrastado fieramente con la realidad de unas casitas pobres, con jardincitos descuidados adelante y atrás, con cantidad de niños vestidos con lo mínimo, perros por doquier, caballos sueltos y, sobre todo, hombres y mujeres envejecidos antes de tiempo, con sus manos ajadas por años de trabajo en la tierra… o en donde sea.
Pero tienen fe, y en la capilla que se construyó hace medio siglo (en la foto) y que está presidida por una imagen enorme de María Auxiliadora, ayer se encontraban apretujados, enarbolando cada uno, como un tesoro, su ramo de olivo recién bendecido.
Al terminar la Misa, mientras volvía a casa perdiéndome por las calles de Nueva York (hombres y mujeres tomando mate en la vereda –donde la hay- niños llorando, madres que gritan, un perro que se acerca con cara de malo pero no…) oigo una voz de mujer a mis espaldas:
-¡Padre, qué suerte que lo encuentro!
Tiene ¿cuántos años? ¿Sesenta, setenta y cuatro, ochenta?... Me cuenta que no pudo ir a Misa porque tiene deshecha la espalda, pero que ella, siempre que puede, va. Y que le parece un milagro que aparezca un Padre justo el Domingo de Ramos. Le pide entonces con toda humildad: - ¿Usted sería tan amable de entrar un momento en mi modesta casita y darnos su bendición?
La casita es una única habitación donde está la cama de matrimonio con su colcha bien puesta y, en el centro de la almohada, la Biblia. Encima de la cama, un poster del Sagrado Corazón.
- ¡José, vení a recibir la bendición!
Su marido sale de una puertita que está a la izquierda, donde adivino un baño minúsculo. José tiene, seguro, 2000 años. Lleva un Rosario en el cuello y sonríe abiertamente. Mucho más allá de sus pocos dientes y de su piel ennegrecida, se le transparenta un alma blanquísima.
Trato de concentrarme para invocar la bendición del Cielo… y miro al suelo: hay baldosas sólo hasta la mitad del cuarto, hasta donde les dio la plata; el resto es portland. Reciben la bendición con piedad extraordinaria y la agradecen como un fantástico regalo.
Volví a mi casa contento de poder revivir, en Nueva York de Paysandú, la alegría de la entrada de Jesús en Jerusalén. A estos sanduceros neoyorkinos les traen sin cuidado los dimes y diretes periodístico-eclesiásticos; son sabios: viven de su fe enraizada en la Cruz de cada día

1 comentario:

MK dijo...

Me encantó este relato, muchas gracias

Manina Köncke