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DESPUÉS DE 115 AÑOS...

Juan Bautista Berdum fue un vasco francés a quien el gobierno de España, en 1801, donó unos terrenos cercanos al poblado de la Inmaculada Concepción de Minas. Los vecinos del lugar, pasado el tiempo, le llamaron al paraje Cerro del Verdún. En el año 1900, el párroco de la ciudad, Don José De Luca, le pidió permiso a don Pedro Dartayete y a su esposa, doña María Ariza, dueños entonces del cerro, para colocar en la cumbre una imagen de la Virgen. Desde el 19 de abril de 1901 hasta hoy, la Virgen del Verdún se ha convertido en el lugar de peregrinaciones más popular del Uruguay: cada 19 de abril, miles de personas de todo el país suben al Cerro para agradecerle a la Inmaculada sus indudables favores. En 2010, coincidiendo con el jubileo por los 50 años de creación de la Diócesis de Minas, los obispos uruguayos declararon el lugar Santuario Nacional.

En 19 de abril de 2014 se inauguró la renovación del entorno del templete de la Virgen. El 15 de septiembre de 2015, la capilla "Madre de Misericordia", en la cumbre del Cerro. Es la Virgen la que mueve los corazones, para que ayuden a hacer de su casa del Verdún un lugar privilegiado de encuentro con Jesús.


jueves, 13 de agosto de 2009

FRANCISCO, GUARDA DE ÓMNIBUS

Hace unos días, cuando iba a tomar el ómnibus Paysandú-Montevideo, me encontré con Francisco, que estaba haciendo una parada en el viaje Montevideo-Salto. Me preguntó, sonriente y amable como siempre, por mi apostolado... Recordé entonces que, en el otro blog, yo había publicado su historia. La ofrezco ahora porque nunca perderá actualidad: Francisco es un hombre sabio, qué quieren que les diga; uno de esos hombres que, sin proponérselo, enseñan.

Guarda de ómnibus, de los ómnibus que te llevan al interior del país: viajes de cuatro, cinco, siete horas sin parar casi en ninguna parte… Trabajar de guarda de uno de estos ómnibus me pareció siempre un modo francamente soso de gastar la vida… Hasta anteayer.
Con este guarda coincidí en varios viajes a Paysandú (4 horas y media) y a Salto (6 horas). Me llamó la atención su actitud: como si estuviera estrenando su profesión. Media hora, más o menos, después de la salida, se acerca a pedir el pasaje a cada uno de los viajeros que, ordinariamente, son (somos) habituales y conocemos el rito. Francisco, el guarda, con una medio sonrisa amable y en un susurro perceptible solamente por el interesado, pregunta a cada uno dónde baja: “¿en la Terminal?”. Si la respuesta es otra, la anota en el recibo del pasaje, después de devolver al pasajero el talón.
Continúa con el siguiente. Alguien se levanta a buscar no sé qué en el bolso que depositó en el compartimento que está encima de los asientos (yo, casi siempre, suelo olvidarme de algo) y Francisco se adelanta a acercarle el bolso: espera a que encuentre lo que busca y, como un señor, como quien hace lo que debe hacer, lo coloca en su lugar y no dice nada si le dan las gracias. Durante el viaje, cada tres cuartos de hora o una hora, el señor guarda recorre entero, sin ningún apuro, el pasillo del ómnibus. Si un pasajero le pide una información, se la da amablemente y sin estirar el diálogo; si un niño llora (después de tres horas y media de viaje, lo tengo estudiado, los niños empiezan a llorar) le pregunta a la madre si necesita algo y se lo alcanza; si hay algún envase de refresco usado, pide permiso al dueño y lo retira...
Llegando el ómnibus a una parada en la que descienden varias personas, es normal que los guardas griten en el pasillo desde el primer asiento: “¡Plazacubaaa!”…, por ejemplo. Francisco, en cambio, se dirige a cada uno de los pasajeros y le comunica en voz baja: - Señor, estamos llegando a Plaza Cuba. El sábado, cuando faltaban diez minutos para llegar a Tres Cruces, Francisco apareció en el pasillo y empezó a colocar en posición vertical los asientos de los viajeros que ya habían bajado. A continuación plegó las cortinas que estaban corridas, colocando cada una en su enganche. Seguidamente recogió los envoltorios de alfajores, los envases vacíos y varias cosas más que siempre quedan (es decir, que se dejan por puro descuido). Enseguida se dedicó a bajar del estante superior el sobretodo, o la campera, o la mochila, o lo que fuera de cada uno, y a darlo a su dueño. Cuando llegó a mi altura (asiento 15, pasillo), le pregunté algo y tomó asiento en el que estaba libre al otro lado. Hablamos no más de dos riquísimos minutos.
Francisco tiene 57 años y lleva treinta haciendo este trabajo: le faltan tres para jubilarse. Está casado y tiene cuatro hijos. En un tiempo fue seminarista salesiano. Está contento, muy contento con su trabajo. Entiende a la perfección que en cualquier tarea, haciéndola bien por amor a Dios, está la santidad al alcance de la mano.
Cuando llegamos a Tres Cruces él había terminado de suavizar con la mano las arrugas de las fundas de los asientos: el ómnibus está impecable; los próximos viajeros lo agradecerán.Al detenerse, Francisco es el primero en bajar. Ahora está ayudando a todos y a cada uno: agarra un bolso, ofrece el brazo para apoyarse, le da la mano a una anciana… Es un señor. Me despide con unas palabras cargadas de sabiduría y dichas como para sí mismo, con humor: -Si después de treinta años uno no aprendió a servir a la gente, no aprende más.

2 comentarios:

Fiorella dijo...

p.d: Muy bueno el blog! recien hoy pude conocerlo! Seguiré muy atenta! Hasta luego!!

Fiorella dijo...

Y pensar que todos creemos que "ese es su trabajo, es SU DEBER hacerlo!". que hipócritas y soberbios somos no?
Muchas gracias Padre por darme la posibilidad de "conocer" a Francisco y espero poder aprender a servir OJALA tan bien como él.
Un gran saludo! Fiorella C.