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DESPUÉS DE 115 AÑOS...

Juan Bautista Berdum fue un vasco francés a quien el gobierno de España, en 1801, donó unos terrenos cercanos al poblado de la Inmaculada Concepción de Minas. Los vecinos del lugar, pasado el tiempo, le llamaron al paraje Cerro del Verdún. En el año 1900, el párroco de la ciudad, Don José De Luca, le pidió permiso a don Pedro Dartayete y a su esposa, doña María Ariza, dueños entonces del cerro, para colocar en la cumbre una imagen de la Virgen. Desde el 19 de abril de 1901 hasta hoy, la Virgen del Verdún se ha convertido en el lugar de peregrinaciones más popular del Uruguay: cada 19 de abril, miles de personas de todo el país suben al Cerro para agradecerle a la Inmaculada sus indudables favores. En 2010, coincidiendo con el jubileo por los 50 años de creación de la Diócesis de Minas, los obispos uruguayos declararon el lugar Santuario Nacional.

En 19 de abril de 2014 se inauguró la renovación del entorno del templete de la Virgen. El 15 de septiembre de 2015, la capilla "Madre de Misericordia", en la cumbre del Cerro. Es la Virgen la que mueve los corazones, para que ayuden a hacer de su casa del Verdún un lugar privilegiado de encuentro con Jesús.


sábado, 24 de enero de 2009

EL CUIDADO DEL BUEN NOMBRE

El libro de Diego Fisher, “Al encuentro de las Tres Marías”, además de provocar una relectura de la obra literaria de Juana de Ibarbourou, que es muy de agradecer al autor, vuelve a replantear un doble problema siempre actual: el derecho a la propia fama y su divulgación pública y, en este caso, si ese derecho sigue vigente después de la muerte.
Creo que, para encauzar el tema, puede servir este juicio sobre nuestra Juana de América, escrito por el poeta y crítico literario Gastón Figueira para la Gran Enciclopedia Rialp, mientras Juana aún vivía. El autor enjuiciaba así sus Obras completas: “El conjunto de esta creación revela, no sólo una alta individualidad lírica en lengua castellana, sino también un espíritu finísimo de mujer y artista, que con sinceridad, belleza, pureza y la necesaria renovación expresiva, ha sabido entregar al mundo imágenes de “lo inefable”, según la certera definición de Juan Ramón Jiménez acerca de la poesía”.
A este juicio se pueden sumar muchos otros, aún más elogiosos sobre la persona y sobre la obra de la gran poetisa uruguaya: en sus largos años de existencia, a base de trabajo, de valía literaria y de virtudes personales, Juana de Ibarbourou fue tejiendo un espléndido vestido de reconocimientos –títulos, condecoraciones, homenajes, agradecimientos- con el que fue amortajada: ese vestido, que se puede definir como la estima de que goza una persona y que es reconocida públicamente, recibe el nombre de fama.
“Al encuentro de las Tres Marías” cuenta con exactitud y en medida prosa cuán trabajoso fue para Juana de Ibarbourou componer su fama, y causa admiración el temple de su carácter: no obstante las grandes dificultades personales y familiares que debió sobrellevar, dejó a la posteridad un tesoro de creación poética y se fue de este mundo gozando, con justicia, de la fama de una persona de bien.
La fama expresa la más profunda dignidad de la persona y por eso está protegida por el Derecho. La difamación, es decir, sacar a la luz pública sin motivo, defectos reales pero no conocidos que afectan a su buena estimación, puede ser un delito. Porque difamar es denigrar, es deslustrar, ennegrecer, oscurecer la fama de una persona.
¿Hay circunstancias que justifiquen el cese del derecho a la fama? Se podría decir que sí, cuando es preciso para evitar a una persona o a la sociedad algún mal. Por ejemplo, si se conoce una falta grave de un novio o novia, y su revelación es el único medio para evitar un matrimonio desgraciado; si es el caso de un estafador público, para impedir que continúe perjudicando; los electores tienen el derecho de hacer conocer aquellas faltas de los candidatos que los hacen ineptos o indignos, pero no lo que afecta sólo a su honra privada.
Tan importante es la buena fama de la persona, que también los muertos tienen derecho a ella: “Cuida tu buen nombre, porque eso te quedará mucho más que mil tesoros de oro.”, dice el libro del Eclesiástico (41, 12). La vida del hombre no termina con la muerte. El nombre de Juana de Ibarbourou la sobrevive a ella misma.
Al terminar "Al encuentro de las Tres Marías" retuve, sobre todo, un sabor agrio, al enterarme de circunstancias desgraciadas de su vida, hasta ahora ocultas, por las cuales sólo se puede sentir compasión. Quiso la casualidad que justo me encontrara con un amigo argentino, médico. Hablando de todo un poco, se me ocurrió preguntarle si conocía al doctor De Robertis, que en la obra aparece como protagonista adúltero de la vida de Juana. – Sí, un gran científico, me contestó: fue profesor mío.
Pensé entonces en sus descendientes... El sabor agrio se me cambió en declarado disgusto: por la injusticia cometida contra Juana que, como se ve, salpica también a otros.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Comparto el concepto de esta nota y agradezco las palabras que preservan la memoria de una mujer que supo cantar su fe y sembrar amor. ¿Por qué no releer "Loores de Nuestra Señora" o "Estampas de la Biblia" en vez de esta intromisión en su microuniverso?

Juana tuvo la valentía de transformar su dolor en canto, pero más aún, la noche, el tiempo y las limitaciones económicas, acrecentaron su fe. Valoremos la obra y su resiliencia, preservemos su intimidad.
Somos poco los que hemos levantado la voz para defenderla y muchos los que han ganado dinero o popularidad con su nombre.
El libro en cuestión tiene también limitaciones y ni siquiera cita correctamente las fuentes.
Con humildad y cariño por Juana,
Dra. Sylvia Puentes de Oyenard
Junio de 2009.