Páginas

DESPUÉS DE 115 AÑOS...

Juan Bautista Berdum fue un vasco francés a quien el gobierno de España, en 1801, donó unos terrenos cercanos al poblado de la Inmaculada Concepción de Minas. Los vecinos del lugar, pasado el tiempo, le llamaron al paraje Cerro del Verdún. En el año 1900, el párroco de la ciudad, Don José De Luca, le pidió permiso a don Pedro Dartayete y a su esposa, doña María Ariza, dueños entonces del cerro, para colocar en la cumbre una imagen de la Virgen. Desde el 19 de abril de 1901 hasta hoy, la Virgen del Verdún se ha convertido en el lugar de peregrinaciones más popular del Uruguay: cada 19 de abril, miles de personas de todo el país suben al Cerro para agradecerle a la Inmaculada sus indudables favores. En 2010, coincidiendo con el jubileo por los 50 años de creación de la Diócesis de Minas, los obispos uruguayos declararon el lugar Santuario Nacional.

En 19 de abril de 2014 se inauguró la renovación del entorno del templete de la Virgen. El 15 de septiembre de 2015, la capilla "Madre de Misericordia", en la cumbre del Cerro. Es la Virgen la que mueve los corazones, para que ayuden a hacer de su casa del Verdún un lugar privilegiado de encuentro con Jesús.


sábado, 6 de agosto de 2016

¡HASTA EL CIELO, ÑATO!

De manera que te fuiste, querido Eleuterio, así nomás, sin armar bulla, sin pensar ni decir “después de mí el diluvio”…

Gracias a Dios, ayer me encontraba en Montevideo cuando supe de tu partida. Enseguida recé por vos y más tarde lo hice en el Ministerio.

Saludé a Alejandra y a tu hija, y aproveché para contarles la visita que me hiciste el 23 de noviembre de hace cuatro años: se rieron, sobre todo tu hija. No era para menos... Me dijiste que el día de su primera Comunión  (¿o de su bautismo?, no recuerdo bien) quisiste regalarle algo valioso para vos: el rosario que tenías desde que eras chico… Y su reacción: - ¡Papá, si está hecho pedazos!


Sabés, querido Ñato, pensé mucho cuando me contaste eso en Minas. Y, al saber que estabas internado en el CTI, tuve el convencimiento de que ese rosario iba a ser para vos definitivamente importante. ¿Por qué? Porque si, aun destrozado, después de tantas vueltas y revueltas como tuvo tu vida lo conservabas, era porque querías especialmente a la Madre que tenemos en el cielo. Y esto es esencial, lo dice la experiencia.

Me pregunto: ¿cuántas veces, mientras pasabas las cuentas del rosario,  le habrás pedido a la Virgen “ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”?...  ¿Cómo ella te iba a fallar? Los hombres sí fallamos, pero la Madre, nunca.

Lo comprobé una vez más cuando llamé por teléfono al capellán del Militar, y me dijo que habías recibido la Unción de los enfermos. ¡Bien! Por si fuera poco, te llegó el momento de ir a la presencia de Dios el primer Viernes de mes (¿te acordás? No te digo “preguntale al Dr. Google”, ya no te hace falta) y en la fiesta de Santa María de las Nieves, ¿querés más?

No te estoy canonizando, Ñato (imposible intentarlo, coincidimos, ¿no?). Sólo quiero dejar constancia de  que, más allá de los amores y odios que cultivaste aquí abajo, en tu corazón había ese otro Amor materno invalorable.

Por lo demás, como seguramente tendrás que pasar por la “tintorería” y limpiar el traje antes de entrar al Banquete  -quien más quien menos, todos agradeceremos el Purgatorio-, contá con mi ayuda: en la Misa y en el Rosario estarás bien presente, palabra de amigo. ¡Hasta el Cielo, Ñato!

sábado, 30 de julio de 2016

EL CORDERO DE LA CATEDRAL

         El centro de atención de todas nuestras iglesias es el altar. El motivo es que en él  se renueva el sacrificio redentor de Jesucristo.
         En el centro del Altar Mayor de la Catedral, hemos colocado la imagen tallada en madera -Teresita Lapitz ha hecho un excelente trabajo- de un manso cordero que descansa sobre la Biblia y sobre una cruz. ¿Qué significa?
         El cordero es una imagen bíblica de primera importancia. Gracias a la sangre de un cordero, con la que rociaron las puertas de sus casas, los israelitas salvaron sus vidas (Éxodo 12, 1-14). Isaías anunciaba que el futuro Mesías, “traspasado por nuestras iniquidades, molido por nuestros pecados”, sería como “un cordero llevado al matadero” (53, 5.7).

         Juan el Bautista señaló a Jesús diciendo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1, 29), es decir, los pecados de todos los hombres de todos los tiempos.
 Al enseñar a los fieles el Pan Eucarístico, el sacerdote que celebra la Santa Misa repite esas mismas palabras y, a continuación, tres veces las repetimos todos, pidiéndole al Señor que tenga piedad de nosotros y nos dé la Paz.
         San Pablo, refiriéndose a Jesucristo, escribe: “Cristo, nuestro Cordero pascual, fue inmolado” (1 Corintios, 5, 7). Y San Pedro recuerda a los primeros cristianos, y a todos, que fuimos rescatados de nuestra mala conducta, “con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha” (1 Pedro 1, 18-19).
         En el libro del Apocalipsis, San Juan presenta una fantástica visión: el Cordero ha sido sacrificado, pero aparece erguido. Es Jesucristo, muerto y resucitado. Toda la creación lo aclama: “Al que está sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 5, 13). Y al final de este libro, que es la conclusión de toda la Sagrada Escritura, tiene lugar la mística boda del Cordero con la Iglesia: de aquí que se nos invite: “¡Alegrémonos, saltemos de júbilo, démosle gloria, pues llegaron las bodas del Cordero y se ha engalanado su esposa; le han regalado un vestido de lino deslumbrante y puro: el lino son las obras buenas de los santos” (Apocalipsis 19, 7-8), las de cada uno de nosotros, no lo olvidemos.

         En el Altar Mayor de nuestra Catedral se encuentra ahora, manso y humilde,  el Cordero de Dios: “¡Dichosos los invitados a la Cena del Señor!”.

sábado, 9 de julio de 2016

DIOS ES UN CABALLERO

            Figúrense. Ustedes asisten en Quito a un congreso de primer nivel, con estupendas exposiciones; intercambian experiencias, ideas y publicaciones con matrimonios, obispos y sacerdotes de toda América Latina… Concluyen que ha sido realmente interesante, que valíó la pena afrontar la altura quiteña y sienten un renovado deseo de trabajar en favor de la familia, de ayudar a los esposos en sus dificultades, de difundir la belleza del matrimonio…

             Bien, todo muy enriquecedor, pero no deja de ser teórico. Entonces, cuando menos uno lo espera, recibe una lección práctica al más alto nivel. Y enseguida te das cuenta que hay que compartirla, porque no ha sido casual que, al terminar el Encuentro de Pastoral Familiar organizado por el CELAM, se diera este encuentro de extraordinaria riqueza.



 Voy al aeropuerto de Quito en una camioneta grande, sentado al lado del conductor. En el asiento de atrás, cuatro pasajeros. Maneja una mujer -¿48-50 años?- de hablar muy suave, que tiene una rara sensibilidad para la belleza…y  para el dolor.

La señora Leticia (digamos que se llamaba Leticia, puesto que el congreso era sobre la Amoris laetitia), empieza a contarme su historia, que reconstruyo mientras vuelo a Montevideo.

¿Cuántos años lleva usted de sacerdote? (  ) Pues fíjese, nosotros, 30 años de casados, treinta. No son pocos, ¿verdad? Y él -él es el que conduce la camioneta que va ahí delante-, encuentra a otra mujer, veinte años más joven, y se va. ¿Usted lo entiende? Cuando lo miro a los ojos, no lo reconozco; a veces pienso que está endemoniado. ¿Cómo es posible dejar a su esposa y dos hijas y marcharse? Pues sí, es lo que ha hecho.

Hace un tiempo estuvo enfermo, en el hospital. Fui a cuidarlo, a estar con él. Lo traté con el mayor de los cariños… Volvió a casa, pero ella se lo llevó: lo acosa, lo llama…, y él no puede decir que no. Ella es bailarina, y también dicen que es bruja, no lo sé, pero no comprendo cómo puede alguien destruir una familia.

            Esto ocurrió hace cuatro años. ¿Usted cree que él es feliz? De ninguna manera. Lo raro es que siempre ha odiado y odia a su padre porque era un mujeriego, que lo hizo sufrir mucho… ¡Y él se porta del mismo modo!...

            Hemos conversado muchas veces, trabajamos en la misma empresa. Yo le he dicho: mira, tú tienes abierta la herida del odio a tu padre, y mientras no cures esa herida  no podrás querer, no podrás ser feliz. ¡Perdona a tu padre y ten compasión de ti mismo!

            (No podía pedirle permiso a Letcia para grabar lo que me contaba, pero lo hubiera hecho de buena gana. Casi sin levantar la voz y narrando lo sucedido como si se tratara de un caso de estudio, interrumpió el relato: - ¡Ahí está el Cotopaxi! Es un volcán celoso, no se muestra a cualquiera… Tiene una bufanda de nubes, mírelo).



            Yo le he dicho también que él puede superar esa herida en el alma, pero no con psiquiatras o psicólogos, sino con la oración, con la oración, pero ¡con oración de verdad!

            (Leticia habla desde el convencimiento más profundo, que sólo puede provenir de la propia experiencia de su relación con Dios. Sólo así se explica que añada esto, tan precioso como exacto: Dios es un caballero, no se impone;  Él espera y hay que ir a buscarlo y pedirle que nos cure el alma. (  ) Y confesarlo con humildad, naturalmente).

            Hemos hablado de nuestro compromiso, de lo que dijimos delante de Dios hace treinta años: “hasta que la muerte nos separe”. Hay gente que me dice que soy demasiado buena… Pero no es así. Solamente tenemos esta vida; después Dios nos preguntará qué hicimos con ella… Mis hijas dicen también que lo deje, que ya lo intenté… Pero pienso que en algún momento él se dará cuenta…

            (Antes de llegar al aeropuerto, Leticia entra en una estación de servicio a cargar nafta. Sin bajar de la camioneta, pide: - Por favor, señor, ¿tendría la bondad de echarme diez dólares?).

            Llegamos. Saco del bolsillo dos estampas de la Virgen del Verdún, justo cuando el esposo de Leticia se acerca. – Una para cada uno; recen la oración, que la Virgen nos atiende siempre.



       Virgen del Verdún, Madre de Misericordia, escucha la oración que ponemos en tu Corazón Inmaculado.
    Ayúdanos a cumplir la promesa que hicimos el día de nuestro matrimonio: queremos ser mutuamente fieles "en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad, amándonos y respetándonos durante toda nuestra vida".
      Ayuda a nuestra familia: que sepamos querernos cada día más; que sepamos perdonarnos cuantas veces sea necesario; que sepamos combatir el orgullo y vivir unidos en el amor.
       Ayúdanos a cumplir nuestros deberes de padres, recibiendo con amor los hijos que Dios nos dé y educándolos con amor y fortaleza: haz que sepamos formarlos en la fe de la Iglesia, a imagen de tu Hijo, Jesús, que siempre buscó cumplir en todo la voluntad de Dios.
      Ayúdanos a ser buenos hijos, especialmente cuando nuestros padres necesiten ayuda, compañía y cariño.
        Virgen Santa del Verdún, haz que tengamos siempre presente que, con la gracia del sacramento del matrimonio, podemos superar las dificultades que puedan presentarse en nuestro camino.
       Confiamos nuestros deseos y propósitos a tu Corazón Inmaculado para que, como buena Madre, los lleves a la presencia de Dios Padre, que con tu hijo Jesucristo y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

           

           


             

domingo, 26 de junio de 2016

UNA IMAGEN TE HABLA

         El Brexit, sumado a las bolsas volando por encima de la tapia de un convento; más la renuncia de tres flamantes ministros brasileños; más las protestas turcas porque el Papa llamó genocidio al genocidio turco; más el atentado de Orlando; más la orden de Obama para que los trans usen los servicios higiénicos que prefieran; más las acusaciones penales contra el arzobispo de Valencia porque habló de la ideología de género; más la perspectiva de que Hillary o Trump sea la/el presidente de los Estados Unidos; más el terror que impone el ISIS; más las tragedias diarias del Mediterráneo; más el sufrimiento de los millones de refugiados; más los ataques que sufre la familia, en Uruguay y en el mundo; más los malos ejemplos de algunos eclesiásticos; más… ¿Para qué seguir, si sólo CORRUPCIÓN y MIEDO son las palabras que definen lo que estamos viviendo en todos los niveles y en todas partes?

             Andaba degustando este cocktail tan amargo, cuando hace unos días, por circunstancias que no vienen al caso, me llegó esta imagen de la Virgen.


        Fue Bartolomé Murillo quien la pintó hace cuatro siglos, en medio de la tormenta causada por la reforma protestante. Llamó a su pintura La Virgen del Rosario. Y la verdad es que, mirándola y remirándola, cada vez me hablan más, tanto la Madre como su Hijo.   
  
         En esas meditaciones estoy y se me hace presente, con mucha fuerza, lo que escribió san Juan Pablo II hace 16 años:  

         “La Iglesia ha visto siempre en esta oración una particular eficacia, confiando las causas más difíciles a su recitación comunitaria y a su práctica constante. En momentos en los que la cristiandad misma estaba amenazada, se atribuyó a la fuerza de esta oración la liberación del peligro y la Virgen del Rosario fue considerada como propiciadora de la salvación.

Hoy deseo confiar a la eficacia de esta oración, la causa de la paz en el mundo y la de la familia. Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo Milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo Alto, capaz de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de quienes dirigen los destinos de las Naciones, puede hacer esperar en un futuro menos oscuro” (Carta Apostólica El Rosario de la Virgen María).

Si interesa, puedo decirles que todos los días estoy rezando dos partes del Rosario. Trato de llegar a más. Y les aseguro que, rezando, encuentro mucha paz. Y Esperanza.


sábado, 11 de junio de 2016

ROSAS PARA LA VIRGEN


         La verdad sea dicha, me pareció una preciosa idea, pero disparatada: “vamos a ir a hacer una romería a la Virgen del Verdún el 31 de mayo, las niñas y las mamás de las que hacen la primera Comunión”. Así me lo dijo una catequista del colegio Los Pilares.

         Preciosa la idea, pero el día anterior todos los pronósticos del tiempo coincidían: frío, lluvia… ¿Cómo pretenderían  subir el cerro? Sugerí pensarlo más… Respuesta: “Bueno, pero puede que salga el sol en algún momento”.

         Venían. Quedamos que a las 10.30 las esperaba en la Gruta que está en la base del cerro. Llegaron en un ómnibus puntualmente. El frío anunciado era verdad, ¡ya lo creo!, y lloviznaba.

         Les dije unas palabras a madres, hijas y profesoras. Desde la Gruta, por la niebla, no se veía la imagen de la Virgen del Verdún, salvo en un instante: a las niñas les faltó tiempo para salir volando y alcanzar a verla…

         Me despedí y vine para casa. A las 12.20, mientras almorzaba con otros sacerdotes, deja de llover y sale el sol. Creo que no fueron más de diez minutos, pero salió.
  
         Dos días más tarde, los caseros del Verdún me trajeron un fantástico ramo de 36 rosas blancas, con una tarjetita atada en cada una de ellas: eran para la Virgen. No entendí bien si el propósito era que las llevara al Verdún porque no habían podido hacerlo o si eran para la imagen de la Inmaculada que está en la Catedral. En cualquier caso, decidí depositarlas a los pies de la imagen de la Virgen que está en la capilla del obispado.



         Tomé la decisión después de leer algunas de las tarjetas que escribieron las niñas. Desde entonces hasta hoy, cuando apenas sobreviven algunas rosas, sólo verlas me ayuda a rezar: quisiera  tener tanta fe como la de estas criaturas, herederas directas de la fe de sus madres.

Sólo estos botoncitos de muestra:

         María querida gracias por este día y porque cuando subimos despejaste el día.


    Te agradezco por este viaje. Te pido que me ayudes a prepararme muy bien para recibir a Jesús. Te pido y te doy gracias por toda mi familia y amigos.

         ¡Gracias por decir que sí!

         Gracias por la familia que tengo, cuidanos mucho. Te amo. Gracias por el sol que nos diste para subir.

         Virgencita te pido que me ayudes a preparar mi corazón para recibir a Jesús y también por todas mis amigas y encontrarme en el cielo contigo.



         ¡Amén, amén!

        

        
                 


          

lunes, 30 de mayo de 2016

AMOR CON AMOR SE PAGA


          La intención, ayer, era sacar a pasear al Señor por las calles de Minas, para adorarlo con cantos y oraciones. Pero la lluvia dijo NO.
     Nos quedamos en casa, en la Catedral, que estaba llena. Jesús habrá estado contento: al terminar la Misa, expuesto en la custodia, lo adoramos con los mismos cantos y con los necesarios tiempos de silencio que tanto bien nos hacen.
     Reproduzco la homilía de la Misa.  


¡Qué  alegría tan grande celebrar la Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor en nuestra Catedral! La Catedral tiene un aspecto diferente, como de estreno: es el “milagro” de la pintura y de la iluminación… Gracias, muchas gracias a todos los que han colaborado en esto; estén seguros que en el Cielo recibirán su recompensa.

         Lo último que hemos hecho es el revestimiento del altar, que ahora está más de acuerdo con el conjunto del templo, especialmente con el ambón, el antiguo púlpito desde donde durante décadas se proclamó la Palabra de Dios. Pero el altar, la mesa del altar, sigue siendo la misma que fue consagrada hace más de cincuenta años.

         En esta Solemnidad del Corpus Christi tenemos que mirar y admirar el altar, no por su belleza, sino porque en él se verifica el milagro que sólo lo percibe en su corazón, el que tiene fe en lo que hemos escuchado en la segunda Lectura: “el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”. De la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz diciendo: “Este cáliz es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que lo beban, háganlo en memoria mía”. Y así, siempre que coman este pan y beban este cáliz, proclamarán la muerte del Señor hasta que Él vuelva” (1 Cor, 11, 23-26)

          Hoy, al igual que hace más de dos mil años, cuando lo escribió San Pablo, lo creemos con toda el alma. Le pido al Señor que nos dé a todos un aumento de nuestra fe, de manera que podamos sentir “el asombro eucarístico”, como lo llamaba san Juan Pablo II.  No podemos acostumbrarnos a tan desmesurado amor de Dios por nosotros.


         En ese texto se encuentran los puntos fundamentales de la fe de la Iglesia sobre el misterio de la Eucaristía.  “Hagan esto en memoria mía”: el mandato del Señor indica que la Eucaristía es recuerdo, renovación y actualización del sacrificio del Calvario. Y la Iglesia ha visto, en ese mandato, la institución del sacerdocio cristiano. Jesús  capacitó a sus apóstoles para que realizaran su voluntad de venir a nosotros, de renovar su entrega en la Cruz, pero de manera no sangrienta, sino como un alimento…

El sacerdote misterioso, Melquisedec, que aparece en los primeros capítulos del Génesis ofreciendo un sacrificio de pan y vino, era una figura de Jesucristo, el Sumo y Eterno sacerdote, que es al mismo tiempo Víctima que sigue ofreciéndose al Padre por los pecados de los hombres.
        
Nos preguntamos: ¿podremos corresponder de alguna manera a tanto amor de Dios por nosotros? Si recordamos las circunstancias en las que san Pablo escribió aquella carta a los cristianos de Corinto, podremos responder a esa inquietud.

         El problema era este: “en primer lugar, oigo que cuando se reúnen en asamblea litúrgica, hay divisiones entre ustedes. Porque no es ya para tomar la cena del Señor; porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro está ebrio. ¿No tienen casas, para comer y beber? ¿O desprecian a la Iglesia de Dios y avergüenzan a los que no tienen nada? (18.20-22).

         A continuación viene el relato de la última cena, que hemos escuchado. Y ahora extrae san Pablo una consecuencia muy directa, que habla a las claras de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. “Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación” (27-29).

         Nos preguntábamos cómo corresponder a tanto amor de Dios… Una primera respuesta es lo que acabamos de oír y que la Iglesia lo ha concretado así en el Catecismo: “Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar” (n. 1385).

         Hermanos míos, el sacramento de la Eucaristía es el mayor don que Jesucristo ha dejado a su Iglesia. Por eso estamos tratando de mejorar su casa, este templo: porque es aquí, en este altar y en la capilla del Santísimo, tanto en el altar como en el sagrario, donde  Él está realmente presente, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad.

           Pero el templo más importante, el que debe cuidarse más, somos cada uno de nosotros: a nuestro cuerpo y a nuestra alma viene el mismo Jesús a quien queremos y por quien vivimos. ¿Cómo no disponernos de la mejor manera, para recibirlo?  El Papa Juan Pablo nos decía en su primera encíclica: “La Eucaristía y la Penitencia (la Reconciliación) toman una dimensión doble, y al mismo tiempo íntimamente relacionada, de la auténtica vida según el Evangelio, vida verdaderamente cristiana. Cristo, que invita al banquete eucarístico, es siempre el mismo Cristo que exhorta a la penitencia, que repite el “arrepiéntanse”. (Red. hominis, n. 20).  

         ¿Qué más podemos hacer? Visitarlo, estar con Él. Nos encontramos en el Año de la Misericordia y, siguiendo el impulso del Papa Francisco, tratamos de ejercitar más y mejor las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. Una de ellas es VISITAR A LOS ENFERMOS, como Jesús lo hizo con predilección, y alivió con su palabra y con sus milagros a tantas personas que tuvieron la dicha de encontrarlo.

Hoy y siempre encontramos a muchas personas que, más que el dolor físico de la enfermedad, sienten el dolor de la soledad, del abandono, de la indiferencia… Pensándolo un poco, ¿no les parece que el más solitario, el que padece una gran  indiferencia es Jesús en la Eucaristía? Además del domingo o del día en que venimos a Misa entre semana, ¿entramos alguna vez en la iglesia, solamente para acompañarlo?...

¿Verdad que en tantas ocasiones, cuando vamos a ver a una persona enferma o que está pasando un mal momento, nos dice simplemente “gracias por estar”? ¿No deberemos decirle  a Jesús, con idéntica sencillez, “gracias, gracias por estar”?

Y, junto con el agradecimiento por su presencia, le hablaremos de nuestras preocupaciones, y le preguntaremos por  las suyas; y encontraremos palabras de consuelo por tantos pecados, nuestros y ajenos, por tantos disparates de los que tenemos noticia todos los días; y le pediremos…

Créanme: si crece nuestra devoción a la Eucaristía, mejorará nuestra vida cristiana; nos sentiremos más hermanos de todos; crecerá nuestra caridad, porque la Eucaristía es la fuente del amor con que Dios nos empuja a amar.

Le pedimos a María Santísima, Madre de la Eucaristía, que nos ayude  “a estar con Jesús”: porque Él quiso estar con nosotros, siempre,  hasta el fin del mundo. Y “amor con amor se paga”.   
                                                                         


viernes, 13 de mayo de 2016

CATEDRAL DE MINAS: UN DÍA PARA LA HISTORIA



      Ayer, la Catedral de Minas vivió un día para la historia. Desde hace meses, gracias a la colaboración económica de muchas personas, estamos trabajando en las obras de mantenimiento del templo. Hemos encontrado sorpresas: una, la "firma" de sus últimos pintores, hace 27 años. Otra, una inscripción escondida en la base del altar mayor, con la fecha y los nombres de sus hacedores.

     Desde ayer, el viejo altar quedó invisible a los ojos pero fundamentando el nuevo: se ha mantenido la mesa, en la que se celebra el Santo Sacrificio de la Misa, y ha cambiado por completo su aspecto.

     Dentro del altar, como testimonio histórico, depositamos un tubo en cuyo interior se encuentra el siguiente texto:

En la Solemnidad de Pentecostés del Año del Señor 2016, con la Santa Misa celebrada por el Sr. Obispo de Minas, Monseñor Jaime Fuentes, fue inaugurado el revestimiento en cedro del Altar Mayor de la Catedral de la Purísima Concepción de Minas.

         El diseño del revestimiento, así como el proyecto de refacción, de pintura y de iluminación del templo fueron hechos por el arquitecto Francisco Collet. La realización de estas obras corrió a cargo del constructor Adrián Vega. La iluminación estuvo a cargo de Robers Silvera.

         El revestimiento del altar fue realizado en la carpintería de Roberto Cuitiño, de Montevideo. El altar de mármol, según una grabación casera en la parte inferior de la losa, fue construido en el mes de Julio de 1964 por José Clérici y sus hijos, Marcelo y Miguel Ángel.

         El párroco de la Catedral de Minas, Pbro. Dr. Pablo Graña, acompañado por el Consejo Parroquial, impulsó la campaña económica necesaria para sufragar los gastos de estas obras.

         Laus Deo Virginique Matri!

                                                              Minas, 15 de Mayo de 2016
                                                              Solemnidad de Pentecostés
                                                                    Año de la Misericordia 
    
  
   P.D.: a punto de depositar el texto en el altar, el P. Pablo se lo dio a leer a la señora Maruja, que con sus largos 80 años, al igual que la señora Beba, se encarga de la sacristía de la Catedral. Maruja, mujer muy franca, dijo que no estaba de acuerdo con lo que se había escrito... La ayuda para la refacción del templo, dijo, no fue sólo del Consejo Parroquial, sino de todos los que componen la parroquia: subrayó todos, todos. Conste para la historia.